martes, 12 de octubre de 2010

La Señora Sokolov



Como todas las mañanas Sveta bajaba caminando tranquilamente repasando la lista de las cosas que tenía que hacer antes de volver a casa. Saludaba a las vecinas, con las que se llevaba mejor se entretenía un poquito más. Comparaba género y precios, hablaba de lo pronto que había llegado el invierno aquel año, de lo mucho que se había encarecido la vida últimamente.
Sveta entró en la carnicería.
- Buenos días Svetlana, ¿cómo se encuentra hoy?- preguntó la dependienta.
- Bien hija, bien- contestó Sveta- no me puedo quejar.
- Y su marido, ¿cómo está?- volvió a preguntar mientras cortaba unas cabezas de pollo.
- En casa- respondió- con sus cosas ya sabe.
- ¿Y cómo va de lo suyo?
- ¿Tiene hígados?- preguntó Sveta mientras miraba el género expuesto en el mostrador.
- Sí claro y bien grandes. Su marido decía, que cómo va de lo suyo-insistió.
- Pues como siempre hija, como siempre. Póngame dos hígados y medio kilo de salchichas. ¿Cuánto es? Tome, gracias, que dios la proteja.
- Gracias Sveta, a usted también, tenga cuidado que el suelo está muy resbaladizo.
Sveta salió de la tienda, se metió el paquete en el bolso, se ató el pañuelo a la cabeza y fue hacia su casa despacito.
Al cruzar el parque Sveta vio un grupo de jóvenes que corrían y se divertían. Buscó a Kolia, que vivía en su misma calle un poco más arriba. Qué bueno era Kolia, pensó Sveta, tan educado y siempre dispuesto a ayudar, tan alegre… Claro, es la juventud, pensaba, yo de joven también estaba llena de energía y de sueños. Pero, dónde está, debe estar con esa chica, cómo se llamaba….
Y pensando en Kolia llegó a su casa. Subió los cuatro escalones golpeando los pies bien fuerte en la madera para quitarse la nieve que llevaba en los zapatos. Abrió la puerta y en seguida oyó a Misha que le recibía alegremente.
- Hola Misha- dijo con una voz dulcísima mientras se acercaba a él. El pájaro batió sus alas enérgicamente y le regaló un trino.
Sveta abrió la jaula y Misha salió rápidamente y fue a posarse en la cabeza plateada de la pequeña mujer. Ella reía.
Una tos fuerte hizo que volviera en sí. Vladimir.
Puso a calentar un poco de agua, a él le sentaban bien esas infusiones, parece que le calmaban la tos durante un rato.
Sveta salió de la cocina con la taza humeante y fue andando despacito hacia el salón. Allí, sentado en su sillón, estaba Vladimir Sokolov con la cara congestionada, con las uñas clavadas en el sillón.
- Toma, te he preparado esto.
Él no se movió.
- Lo dejo aquí.

En la cocina Sveta encendió la estufa y empezó a cocinar. Canturreaba. Misha volaba de un lado a otro.

-La comida está lista - le dijo a Vladimir. Fue hacia el sillón para ayudarle a levantarse. Lo sujetó con firmeza mientras él hacía fuerzas para incorporarse. Sveta notó cómo a su marido le temblaban las piernas. En la cocina él se sentó delante de la estufa. Sveta le sirvió sopa.
- Está sosa. Y ese pájaro ha estado toda la mañana chillando, me ha puesto dolor de cabeza.
Sveta no contestó.
- Y ¿qué es esto? ¿hígado? ¿otra vez hígado?
- El doctor dice que es bueno para ti
- El doctor dice el doctor dice. Y qué más te dice el doctor, ¿que amargues los últimos días de mi vida? No te quedes mirándome con esa cara. Dios qué mujer. Tendría que haberme marchado hace tiempo, con el ejército incluso, pero ahora que lo único que me queda es la enfermedad, dónde voy, ¿eh? dime Svetlana, dónde voy.
Sveta se levantó y comenzó a recoger la mesa.
- Quieres el hígado o no lo quieres- preguntó cogiendo el plato.
Él, impulsado por la rabia se levantó y se fue hacia su sillón con paso renqueante.
Apareció Misha.
Sveta se sentó en una silla y observó cómo el pájaro se comía las migas de pan de la mesa. Se levantó de repente, acabó de recoger, metió un poco del guiso de hígado que había hecho en un recipiente y lo tapó bien. Se puso la chaqueta, se puso el abrigo y fue hacia la puerta.
- Ahora vengo- dijo a nadie. Y nadie le respondió.

Salió a la calle, dobló la esquina y llamó a la puerta de Kolia.
- ¡Señora Sokolov!, pase pase, no se quede ahí que hace frío.
- Buenas tardes Kolia, ¿está ocupado?- preguntó Sveta.
- ¡No, no! ¿Cómo está? ¿Pasa algo? ¿Necesita que le eche una mano para mover algún mueble viejo?- preguntó Kolia sonriendo.
Sveta también sonrió – No, no es nada de eso. Te traigo un poco de hígado que he preparado. Pensé que aún no habrías comido.
- Gracias, es usted tan buena…me mima demasiado- respondió – Y usted, ¿ha comido?
- Sí, sí, tranquilo hijo, ya hemos comido. Bueno, le dejo que probablemente tendrá cosas que hacer, los jóvenes están siempre tan ocupados…
- ¿Está usted bien Svetlana?- preguntó Kolia preocupado – está usted muy callada hoy.
- Estoy algo cansada, ya soy vieja – dijo mientras se dirigía hacia la puerta sonriendo- Adiós Kolia, que dios le bendiga.
- Hasta luego- respondió Kolia – Y a usted también.
Sveta entró en casa, se quitó la chaqueta y se asomó al salón. Estaba dormido, mejor, así no sufría tanto pobre.
Fue a la cocina y empezó a desmenuzar un trozo de pan seco que había guardado. Metió los trocitos en una bolsa de plástico.
- Misha, Misha, ven – el pájaro se posó en el hombro de Sveta, ella lo cogió con cuidado y lo metió en la jaula. Se puso la chaqueta, se puso el abrigo, el gorro, los guantes, cogió la bolsa de plástico y salió a la calle.
Paseó hasta el parque y allí empezó a repartir el pan entre los pocos pájaros que encontró. Cuando se levantó un aire muy frío se fue a casa.

Vladimir estaba despierto.
Sveta se sentó un rato en el salón. Silencio. Miraba por la ventana.
- La pastilla- dijo Vladimir –tráeme la pastilla.
- Falta un rato, todavía no te toca- respondió mientras se levantaba.
- Te digo que me traigas la pastilla- insistió nervioso. Sveta se la dio.

Cuando la cena estuvo lista fue como siempre a buscarlo al salón. Ayudó a su marido a levantarse, caminaron juntos hacia la cocina, lo sentó de espaldas a la estufa y le sirvió la cena.
- ¿Y el hígado? – preguntó Vladimir sin levantar los ojos de la mesa.
- No queda – respondió Sveta tranquila.
- Cómo que no queda.
- Le llevé a Kolia un poco.
- ¿A Kolia? ¿A ese desgraciado melenudo?
- Es un joven muy amable. Y muy educado.
- ¿Te lo ha pagado?
- ¿Cómo me lo va a pagar? Dijiste que estabas cansado de hígado – contestó Sveta.
- Yo no sé qué tienes en la cabeza Svetlana. Tú te has propuesto acabar conmigo.

Después de preparar la infusión para Vladimir, Sveta se fue a su habitación, se desvistió y se metió en su cama.

Abrió los ojos y vio que entraba demasiada luz por la ventana. Sveta se levantó deprisa, se vistió y fue hacia el salón. No estaba, el sillón estaba vacío. Fue hacia la cocina y lo encontró sentado en la silla, delante de una taza de té vacía, con la cucharilla en la mano y mirando la mesa. Nadie había encendido la estufa.
Apresuradamente puso agua a calentar y preparó la estufa de carbón. Azuzó un poco la madera y el papel para que el carbón se asentara mejor y prendiera antes.
Se tomó el té deprisa, se puso el abrigo, los guantes y el gorro y se fue al mercado.
¡Uy!, pensó, con las prisas no le di los buenos días a Misha.
Hizo sus compras sin entretenerse, hoy iba un poco retrasada y volvió a casa.
Cuando ya estaba cerca vio una figura sentada en las escaleras.¿Quién era? ¡Kolia! ¡Era Kolia! Se apresuró para acudir al encuentro del joven.
Kolia se levantó, estaba serio y ¿qué hacía la jaula de Misha ahí fuera? Sveta no entendía lo que estaba ocurriendo. Kolia se dirigió hacia ella con semblante consternado.
- Señora Sokolov- dijo – estaba recogiendo unas ramas en la parte de atrás de la casa y..
- ¿Qué pasa Kolia? ¿Y qué hace Misha aquí fuera?- preguntó Sveta asustada.
- Encontré la jaula de Misha en la parte de atrás de la casa señora Sokolov. Misha está..
- ¡No puede ser! – sollozó Sveta – estaba en casa, ayer le di las buenas noches – decía la mujer.
- Sveta, alguien ha sacado a Misha a la calle, ¿lo entiende?
- Pero, quién, ¿a quién le puede molestar un pajarillo medio cojo? – se preguntaba.
Entonces la cara de Svetlana Sokolov se tornó pálida. Entornó los ojos como fijando sus pensamientos. Cogió la jaula y se dio media vuelta.
- Sveta, Sveta espere, ¿dónde va? – preguntó Kolia – qué va a hacer, ¿quiere que la ayude?
Pero Sveta no respondió y siguió andando. Llegó a un claro no muy apartado de la casa y allí se arrodilló en el suelo, hizo un agujero con sus manos viejas y con lágrimas en los ojos enterró el pobre Misha.
Se levantó y fue hacia su casa. Kolia seguía allí, donde lo había dejado. El joven la miraba apenado.
- Si necesita cualquier cosa ya sabe dónde estoy- dijo.
- Gracias hijo, dios te lo pague.
Entró en casa, guardó la jaula en un armario, se secó las lágrimas heladas y fue hacia la cocina. Se sentó al lado de la estufa y jugueteó con el hierro que utilizaba para remover las brasas. La tos de Vladimir la sacó de su ensimismamiento.
Preparó la comida y fue a buscar a su marido cuando ya estaba todo listo. Se sentaron a la mesa y él comió todo lo que Sveta había preparado. Ella no probó bocado, se dedicó a mirarle con ojos llenos de odio, pero Vladimir no se daba cuenta de esas cosas, hacía tiempo que no miraba a su mujer a los ojos.

El día transcurrió con normalidad, Vladimir dormitaba en su sillón cuando la tos se lo permitía y Sveta lloraba en silencio la muerte de Misha en la cocina.

La rabia de Svetlana iba en aumento, ¿cómo podía haber hecho eso? ¿cómo había sido capaz de dejar que el pobre animal muriese de frío? ¿cómo podía continuar como si nada hubiese pasado?

- ¡Svetlana! ¡Svetlana! ¿Dónde estás mujer? ¿No ves que te necesito?- gritó desde su sillón
Svetlana se acercó a él lentamente.
- Acércame esos libros de allí- dijo
- Deberías moverte tú, te sentaría bien. Además sé que a veces te mueves tú solo.
- ¿Qué dices? Tú qué vas a saber. Acércame los libros y déjame tranquilo anda.
Sveta le acercó los libros, se quedó delante de él durante unos segundos.
- ¿Qué quieres? ¿Que te de las gracias?
Sveta se dio media vuelta y fue hacia la cocina.
Llamaron a la puerta. Sveta se sobresaltó y fue a ver quién era.
- ¡Hola Kolia! Pase pase.
- ¿Cómo está?, ¿le apetece ir a dar una vuelta por el parque?- le preguntó el joven.
- No gracias hijo, hace demasiado frío.
- ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le haga compañía un rato?
- ¿Quiere un té?- preguntó Sveta
- Sí claro, si usted se toma uno también.
- Está bien, nos tomaremos un té.
-¿Dónde está?- preguntó Kolia
- En el salón. ¿Cuánto azúcar? Se me ha olvidado- dijo Sveta sonriendo.
- Sin azúcar
- ¿Cómo se llama la chica que estaba el otro día con usted?
Kolia rió.
- Katia, se llama Katia
- Y ¿dónde la conoció? – volvió a preguntar Sveta.

Cuando acabaron el té Kolia se fue.

Sveta fue hacia el lugar donde estaba colgada la jaula de Misha para abrirle la puerta y dejar que volase un rato. Lloró.

Cuando la mesa estaba lista fue a buscar a su marido.
-¿Qué pasa Svetlana? Estás muy callada hoy – dijo Vladimir irónicamente - ¿Qué quería ese Kolia?
Svetlana le puso el plato delante.
- Hace frío aquí, seguro que se te ha olvidado echar más carbón.
Ella miró la estufa, el saco de carbón se ha acabado, pensó, fue a buscar otro, lo arrastró hasta la cocina mientras su marido se metía la cuchara en la boca. Apoyó el saco en la pared y cogió la barra de hierro para remover los carbones de la estufa.
- ¡Va! Este caldo no vale nada- dijo Vladimir.
Svetlana Sokolov con la barra de hierro en las manos miró la espalda de Vladimir. Levantó sus brazos, que por primera vez en mucho tiempo habían dejado de temblar y descargó todos esos años de dolor y rabia en la cabeza de su marido.
La cabeza se inclinó hacia delante, se hundió en el plato de caldo que no valía nada, hubo espasmos y sangre oscura y densa goteando.
Sveta fue a buscar una sábana, envolvió la cabeza de su marido, lo tumbó en el suelo y lo envolvió en otra tela, limpió todo, la sangre, el caldo, los cristales del vaso, limpió años de recuerdos, rascó y rascó desenfrenada hasta que no quedó nada, excepto Vladimir Sokolov envuelto en una tela tumbado en el suelo de la cocina, con una mancha de sangre que se iba expandiendo poco a poco.
Después de sentarse un rato, no a pensar sino a no pensar, se levantó y salió a la calle. Dobló la esquina y llamó a la puerta de Kolia.
- ¿Qué hace así? Se va a enfriar. Pase- dijo Kolia
- No, no¿ Está ocupado? Necesito que venga conmigo un momento.
- Claro, qué pasa Svetlana.
Ella no respondió, entraron en su casa y fue directa a la cocina. Kolia la seguía. Entonces fue cuando vio el cuerpo envuelto del que había sido Vladimir Sokolov.
- ¡Dios mío! Pero ¿qué ha hecho? ¿qué ha pasado? Está bien, tranquila. Hay que llamar a la policía.
- No. No quiero llamar a la policía. Quiero sacar esto de aquí, enterrarlo en el monte- dijo ella- Perdón Kolia, no debí haberle llamado, váyase y por favor no diga nada a nadie.
- Pero ¿cómo voy a dejarla sola con esto? Además ya me ha hecho cómplice señora Sokolov.
Salieron por la parte de atrás y medio cargando medio arrastrando consiguieron llevar el cuerpo a hasta un lugar apartado. Nevaba, eso estaba bien, así se borrarían las huellas, pensó Kolia sorprendido de verse en esa situación.
Se pusieron los dos a cavar y al cabo de un buen rato ya no quedaba ni rastro de Vladimir Sokolov.
- Vete Kolia- dijo Sveta – ya te has arriesgado bastante. Muchas gracias.
- ¿Y usted?
- Me quedaré aquí un momento, no hace falta que se quede conmigo.
Así que Kolia se fue intentando asimilar lo que acababa de hacer. Había sido todo tan rápido… Se sintió aterrado.

Sveta respiró hondo, se apretó el pañuelo que llevaba en la cabeza y se dio media vuelta. Fue al lugar en el que había enterrado a Misha. Se volvió a agachar y desenterró al pájaro. Volvió a casa, metió a Misha en la jaula, se sentó en el salón, se bebió un vaso de vodka y durmió.

 



Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP 
Contacto: vainilla_p@yahoo.es

sábado, 9 de octubre de 2010

La Perra



Serían las once y media doce y, después de muchos vasos de absenta, ya no estaba muy sociable así que decidí irme a casa.
Salí del bar, doblé la esquina y me fui a la placita en la que el tranvía tenía su última parada. Me senté en un muro de piedra. No sé cuánto tiempo estuve allí sentada pero de repente aparecieron. Serían unos siete u ocho perros, perros grandes y de una raza no clasificable. Andaban despacio, sin prisas, en esas horas en que la ciudad era suya. Había muchas manadas de perros vagando por la ciudad, perros sin dueño, perros que no tenían nada que hacer, perros tomando el sol, perros discutiendo, perros conversando. Dicen que un día los metieron a todos en un barco y  los mandaron a una isla que está muy cerquita de la ciudad. Dicen también que los perros volvieron.
Así que allí estábamos, los perros y yo. No sé si se percataron de mi presencia pero no dieron ningún signo de ello. Estuve un buen rato mirándolos. Ése era el jefe seguro, sentado, cansado, observando al resto. Se levantó y comenzó a caminar, poco a poco los otros fueron detrás. Y yo, como no tenía nada mejor que hacer, fui detrás de ellos.
Salimos de la placita y fuimos por esa calle cuesta abajo que nunca me acuerdo de cómo se llama, la de los músicos, la que tiene la tienda de sombreros en la esquina. Uno de los perros se metió por una de las primeras bocacalles, se medio despidió del grupo, o eso creo y seguimos bajando. Yo, por supuesto, como intrusa que era, me mantenía a una distancia prudencial, había visto a esos perros pelear.
Al llegar a la torre, uno de los lugares más habituales de reunión de estas manadas, hicimos una parada. Allí estuvimos un buen rato. Sentada en una piedra, a unos 25 metros, seguí observando a los perros. El jefe seguía sentado, impasible a los jugueteos de los otros, bostezando, abstraído, mirando a ninguna parte. Sacudió la cabeza, volviendo a ocupar su puesto de líder y comenzó a caminar.
Tres de los perros se quedaron allí.
Me levanté decidida a seguir al jefe. Mi cabeza estaba tan difusa como la absenta que había bebido, me apoyé en una farola buscando el equilibrio que me faltaba, respiré hondo y seguí con mi absurda misión.
Bajamos por una paralela a la calle de los músicos, una calle estrecha, con casas viejas con ropa colgada de lado a lado de la calle, con verjas enmohecidas y cristales rotos, una calle empinada, oscura y húmeda. Aparecieron unas escaleras que yo no había visto nunca, allí nos abandonaron otros dos. Respiré hondo, quedábamos tres.
Yo ya no tenía ni idea ni de dónde estaba, ni de qué hora era, ni de qué carajo estaba haciendo. Sin capacidad de obligarme a hacer otra cosa seguí con todo aquello.
Bajamos, bajamos y bajamos más y de repente me di cuenta de que ya sólo quedábamos dos. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, el jefe y yo, yo y el jefe, recorriendo las callejas más inmundas de la ciudad.
El perro empezó a caminar más despacio, no sé si lo hacía porque ya estaba sólo, sin nadie a quien guiar más que a sí mismo o porque sabía que yo estaba ahí, lo había sabido siempre y quería ponerme las cosas claras.
Me acojoné, juro que estaba acojonadísima. De repente se paró y se sentó dándome la espalda. Yo giré para buscar un sitio en el que apoyarme y me tropecé con algo, me caí al suelo y ese algo resultó ser un montón de bolsas de basura. Me quedé quieta, levanté un poco la cabeza para ver dónde estaba el perro. Se había levantado y venía hacia mí muy despacio. Bajé la cabeza y respiré muy despacio para intentar decelerar los latidos de mi corazón, cerré los ojos y me agaché aún más, quería parecer más pequeña todavía. Al cabo de unos pocos segundos volví a abrir los ojos, el perro estaba a unos dos metros, me enseñaba los dientes y tenía las orejas echadas hacia atrás. Podía oler al animal, olía a sucio, a mojado aún estando seco. Cerré los ojos otra vez y agaché aún más la cabeza mostrándole mi nuca y así, en esa postura de absoluta sumisión me quedé un tiempo infinito. Olí su aliento, noté su húmeda nariz en mi cuello y me di cuenta de que era una perra y yo me había entrometido en su matriarcado. La perra metió su hocico por debajo de mi barbilla y levantó mi cabeza, ya podía mirarle a los ojos aunque lo evité bastante asustada aún. Me chupó una mano, no sé si porque le gustaba aquello que yo había aplastado al caerme o para quitarme el asqueroso olor que me rodeaba. Ahora yo olía peor que ella.
Me llamó a levantarme, o eso creo. Lo hice muy despacito, no quería asustarla ni provocar en ella ninguna desconfianza. Me miró mientras yo intentaba quitarme de encima la mayor cantidad de basura posible, que no fue mucha, pues la mayoría eran líquidos y cosas que se chafaban y manchaban y olían y que no se podían quitar ni agarrar. Cuando creí que estaba lista la miré y asentí con la cabeza, como indicándole que ya podíamos seguir a donde fuera que fuésemos. Esta situación hacía tiempo que había dejado de ser absurda. Era estúpida, lo sé.
Seguimos andando, a mi ya no me importaba hacia dónde nos dirigíamos, estaba feliz, me había aceptado como una perra más, me había brindado su protección y su sabiduría. Su recorrido nos llevó a las basuras más selectas, a los rincones más inimaginables. La ciudad vista por dos perras.
Estaba cansada, llevábamos varias horas callejeando, ella pareció entender mi agotamiento, se metió por una calle más estrecha todavía, cruzó una puerta sin puerta, subió unas escaleras con más agujeros que madera y aparecimos en una sala con muchas telas en el suelo, bueno, telas, trapos, ropa vieja y rota y algún que otro zapato. Se echó allí y yo me eché a su lado. Y allí, en ese ambiente nauseabundo nos quedamos dormidas.
Cuando abrí los ojos ella ya no estaba, no sé cuánto había dormido pero ya había bastante luz en la calle. Me levanté, me estiré, me olí, me di asco y salí de la habitación. Bajé las escaleras que, con la luz del día daban bastante miedo, salí a la calle, miré a los lados intentando encontrarme y la vi. Estaba sentada al sol, tranquila. Fui hacia ella, le rasqué detrás de la oreja y ella me miró. A los pocos segundos empezó a ladrar, se revolvió nerviosa, agitada, incluso agresiva. Yo no entendía nada, me di la vuelta y vi que se acercaban un par de perros. Me puse en alerta por si los recién llegados nos atacaban pero entonces comprendí que era yo la que sobraba, era a mi a quien iban dirigidos los ladridos, los rechazos. Me había dejado ser perra por una noche y nuestra relación había acabado con la luz del día. Ya no era bienvenida en su matriarcado. Tú a tu casa y yo a la mía. Y eso hice.

Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP 
Contacto: vainilla_p@yahoo.es