domingo, 7 de octubre de 2012

Ojalá



- cuándo dejarás de quererme?
- cuando deje de ser yo, cuando ya no exista.
- y ese día, será el fin?
- sin duda moriré un poco por dentro. Mi corazón se hará más pequeño. Es grande y cabe mucha gente. Soy débil y dejo entrar a cualquiera. Pero tu sitio, el tuyo, lo arrancaré para que nadie vuelva a ocuparlo.
- y si ese día no llega?
- entonces moriré igualmente. El vacío que, a veces, significa tu presencia es más pesado de lo que puedo aguantar. Ojalá me quisieras como antes, ojalá me quisieras.
- y si no te vuelvo a querer?
- entonces vendería mi alma a cambio de un deseo. Pediría una máquina del tiempo y volvería atrás. Y te diría cada día que tu olor me estremece, que tus brazos me calientan por dentro, que tu risa me da vida y tus desaires me desgarran. También viajaría al futuro. Y te diría que ojalá me hubieses ayudado a volar. Ojalá hubieses desenredado mis alas.
- entonces, qué quieres de mi?
- quiero que tus ojos me sonrían y que tus caricias me sacien. Quiero que cuides de mi frágil existencia. Tal vez pida demasiado.  
- Y si no quiero darte lo que me pides?
- entonces me iré en silencio. No soy tan fuerte como para jugar a ser feliz. Tal como vine me iré.
- igual me estás queriendo demasiado?
- no sé querer de otra manera. Pienso en lo que era y lo que es. Se está perdiendo tanto amor por el camino…
- estás exagerando
- tal vez. Me quieres?
- Te quiero



Texto: Vanesa Pomar
Contacto: vainilla_p@yahoo.es

jueves, 13 de enero de 2011

Burocracia

- ¿A dónde va?
Me quedé bastante sorprendida con la pregunta.
- Voy al otro lado- dije señalando el puente que estaba detrás de aquel hombre.
- ¿Lleva el permiso?-me preguntó
- ¿El permiso? ¿Qué permiso?- dije
- El permiso que necesita para poder cruzar este puente
- ¿Desde cuándo se necesita permiso? Cruzo por aquí todos los días y nadie me ha pedido nunca ningún permiso  - le expliqué
- Pues ahora necesita permiso- me contestó
- No, no tengo el permiso- respondí de mala leche
- Entonces me temo que no puedo dejarle pasar
- ¿Cómo que no me deja pasar? Además ¿quién es usted?
- Soy el que pide los permisos para cruzar el puente
- No entiendo nada- dije
- Se lo vuelvo a explicar...
- No me explique nada- interrumpí - ¿De dónde saco el permiso?
- Tiene que solicitarlo- contestó
- ¿A quién?- pregunté
- A mi
- ¿Cómo que a usted?
- Sí a mi- dijo seriamente
- Bueno, pues deme un permiso
- No, tiene que rellenar el formulario
- ¿Cómo? ¿El formulario? ¿Qué formulario?
- El que necesita para que le concedan el permiso
- Seguimos hablando de cruzar el puente, ¿no?
No me lo podía creer
- Oiga- dije- quiero, no. Necesito ir al otro lado, entiende, cruzo todos los días cincuenta veces y no entiendo por qué ahora, de repente, necesito un permiso
- Son las nuevas normas señorita- dijo- en cuanto tenga usted el permiso podrá cruzar las veces que quiera
- Pues deme un formulario- dije ya cansada
- Todavía no me los han enviado. Tendrá que ir usted a la oficina de obras públicas del ayuntamiento
- No me lo puedo creer- le dije- Y ¿cómo pretende usted que llegue al ayuntamiento? ¿nadando?
- Eso ya es cosa suya señorita
- ¿Cosa mía? Es usted el que no me deja pasar
- Porque no tiene el permiso...
- Y dale...- dije- ¿Qué tengo que hacer? ¿Esperar a que le lleguen los formularios?
- Eso parece....
- Y ¿piensa usted que esto es normal?- le pregunté
- Oiga, yo sólo hago mi trabajo- respondió
- Claro, claro... Entonces, así resumiendo, me dice usted que tengo que esperar a que le manden el formulario, rellenarlo, dárselo...
- No, no... a mi no me lo tiene que dar, lo tiene que enviar a un apartado de correos que le indicarán en la oficina- me informó
Mi cara lo decía todo
- Y entonces qué pasa- pregunté
- ¿Cómo?
- Sí, que qué pasa luego... lo relleno, lo envío donde sea...y?
- Entonces la persona encargada estudiará la solicitud y, en caso de ser aceptada me enviará una orden de emisión y yo podré entregarle su permiso- explicó
- Y ¿no cree que esto es totalmente absurdo?
- ¿Insinúa usted que el sistema no funciona? Con esa manera de pensar no creo que acepten su solicitud...
- ¿Sabe usted?- dije- voy a comprarme una colchoneta, o mejor voy a hacerme una barca y ¿sabe lo que puede hacer con su permiso?
Me miró desafiante y sonrió
- ¿Qué le hace tanta gracia?- pregunté muy cabreada
- Necesita usted un permiso para poder utilizar embarcaciones en el río
- ¡A la mierda!- grité- o también necesito un permiso para mandarle a la mierda
- No que yo sepa- contestó perplejo
- ¡Pues eso!- dije y me di media vuelta
- Entonces ¿no le guardo un formulario?- me gritó ya desde lejos
- ¡¡Noooo!!

 A la mañana siguiente salí de mi casa e hice el mismo recorrido de siempre. Cuando llegué al puente vi que estaba mi archienemigo con una sonrisa de tipo medio.
Me puse delante de él, le miré a los ojos y me dirigí hacia la orilla. Me quité los zapatos, calcetines, pantalón y camiseta. Metí todo en una bolsa de plástico que sujeté en mi cabeza, le enseñé el culo y me metí en el río dispuesta a cruzarlo. Por suerte no era un río demasiado ancho.


Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel Sp
Contacto: vainilla_p@yahoo.es 

miércoles, 29 de diciembre de 2010

La Epidemia



Cuando empezaron a sonar de nuevo las campanas de las iglesias se me pusieron los pelos de punta. La gente empezó a correr hacia sus casas. Otros nos metimos en alguno de los pocos bares que quedaban abiertos y esperamos con impaciencia a que la televisión nos informara de las novedades.
Prohibido reirse. Esta era la última medida adoptada por el gobierno. Debido a la epidemia de tristeza nacional habían decidido prohibir la risa. Según el gobierno esta era una medida más bien solidaria; como había tantísima gente afectada de Gripe Triste, así había sido bautizada, pensaron los mandamases que era de muy mal gusto reirse. Supongo que ellos fueron los últimos que soltaron una gran carcajada al firmar semejante medida.
Nos miramos todos sin saber si reir o llorar. Uno de los que allí estábamos soltó una risilla leve, nerviosa, como de despedida. A los pocos segundos entraron tres guardianes del bienestar y se lo llevaron rápidamente. ¿Cómo es posible que se hayan enterado tan pronto? pensarán ustedes; se lo voy a explicar. Desde hacía unos años la infinidad de cámaras situadas paulatinamente en calles y establecimientos de las ciudades habían pasado a estar en manos del estado. Allí donde antes había una cámara, llamada de seguridad o vigilancia, estaba ahora el enemigo. Tiendas, casas, garages, colegios, bancos... estábamos prácticamente 24 horas al día videovigilados. Por nuestra seguridad, eso sí. Estos guardianes del bienestar eran gente normal y corriente que habían decidido trabajar para el estado como vigilantes. Les daban un uniforme que consistía en traje gris oscuro, camisa gris más claro, zapatos negros y un abrigo largo también negro. Los pocos que yo conocía que entraron a trabajar con los guardianes mimetizaron con su traje en poco tiempo. Se volvieron grises, de mirada gris, olor a gris…hasta el ruido que hacían era gris oscuro, pesado, arrastrado… El único sonido que salía de sus grises bocas era el nombre de la persona a la que buscaban. Luego te cogían del brazo y se te llevaban sin ninguna otra explicación.
Como el alcohol era un depresivo también había sido prohibido hacía unos meses. Así que me acabé el té y me fui a casa.
Al principio de todo esto aprobaron una ley que decía que todos aquellos ciudadanos con un coeficiente intelectual mayor de 110 debíamos acudir una vez a la semana al ayuntamiento con ideas para combatir la infinita tristeza en la que estaba sumida el país. Al año y medio y viendo que esta ley era una completa catástrofe bajaron el coeficiente intelectual de cabezas pensantes y así sucesivamente hasta que ayer, en el último boletín tasaban el límite en 65. Así estábamos.
Llegué a casa y no encendí la televisión; la programación se había reducido a musicales y poco más. Tampoco encendí la radio, se había convertido en un circo de mal gusto.
La vida era gris, ya no sólo por la epidemia o la no risa, o el no alcohol, o el no gritar por la calle... también estaban prohibidos los colores, se había demostrado que afectaban de manera importante a los estados de ánimo, así que para evitar brotes esquizoides o reacciones inesperadas habían pensado los mandamases que sería buena idea limitar los colores a cuatro: negro, gris, azúl oscuro y verde botella.
Gracias a los dioses del Olimpo mi estado mental estaba dentro de lo que se consideraba normal. Cada 15 días, los propios guardianes del bienestar nos hacían exámenes psicológicos para tener controlada nuestra psique. Había habido un gran número de suicidios durante los últimos 5 años y así creían que iban a poder preveerlos. Absolutamente todos los centros de salud, ya sea física o mental, estaban a rebosar. La Gripe Triste estaba siendo terrible, mermaba el estado anímico sobre todo, te ibas apagando y apagando y apagando hasta que estabas demasido triste como para seguir viviendo. Muy triste, de hecho.
Las vacunas habían fracasado. El gobierno se había endeudado hasta el año 4127 para nada. Las empresas farmacéuticas se habían forrado debido a la tristeza pero al final sus directores, trabajadores y demás estaban también demasiado tristes como para poder disfrutar de su triste dinero.
Hasta la educación había cambiado. Consideraron las clases de matemáticas, lengua, historia... demasiado aburridas como para ser dignas de ser estudiadas. Cuanto menos datos tuviéramos menos sufriríamos. Era por nuestra seguridad.
Y así estábamos, creciendo tontos y tristes. No sé si éramos tontos por estar tristes o estábamos tristes por ser tontos.
Nadie podía entrar o salir del país. Estábamos completamente cerrados al mundo exterior. Yo ya dudaba de que alguien se hubiera enterado de nuestra terrible epidemia. También pensé que tal vez todo el mundo estuviera demasiado triste como para poder pensar con claridad en una solución.
Cada vez se veía menos gente por la calle y los pocos que se veían estaban aterrorizados. La gripe se contagiaba por la mirada. Si veías una mirada triste estabas perdido, caías fulminado preso de una pena difícil de explicar.
Yo seguía yendo al ayuntamiento una vez a la semana. Bueno, me venían a buscar en autobús. Como cada vez quedábamos menos mentalmente sanos el gobierno se podía permitir el ir a recogernos casa por casa. También era su manera de asegurarse de que no se nos olvidara la cita.
Poner música alegre por las calles, dije. O escribir mensajes de ánimo en las paredes o cualquier superficie en la que se pueda escribir. Regalar flores, dar abrazos, permitir un vasito de vino al día, cantar, bailar, caminar hacia atrás… No, no y no. Casi todas las propuestas eran rechazadas, así que ya no nos quedaban muchas ideas, la verdad.
Un día de otoño, para sorpresa de todo el país las campanas volvieron a sonar. Vaya, pensé, hacía tiempo… Corrí a un bar cercano y me senté dispuesto a escuchar la nueva medida adoptada por el gobierno.
Obligatorio sonreir de 8 de la mañana a 5 de la tarde. ¡Tiene cojones!. Nadie en el bar hizo una mueca. Por si acaso. Me asomé a la calle y la gente estaba perpleja…Ahora ¿nos podemos reir?, preguntaba uno. No, no, decía otro, sonreir, podemos sonreir que no es lo mismo. Y ¿hasta dónde es sonrisa? Volvía a preguntar. Un centímetro por cada lado supongo, contestaba el otro.
Costó un tiempo el aclarar hasta dónde era sonrisa y dónde empezaba la risa, que seguía prohibida.
A los dos días volvieron a sonar las campanas…¡Coño!, pensé. Corrí al bar.
Obligatorio beberse tres vasos de vino al día. Juntos o separados, eso lo dejaban a elección de la gente. Al del bar le faltó tiempo para descorchar una botella de vino que ya estaba asfixiada por falta de aire.
La gente empezó a coger un poquito de color en las mejillas.
En ese mes sonaron las campanas 3 veces más; las medidas adoptadas por el gobierno, además de la obligación de sonreir y la de beber 3 vasos de vino al día fueron las siguientes: obligación de contar al menos dos chistes al día, de contenido apto para todos los públicos, la obligación de llevar un calcetín de cada color, a poder ser chillón, y la obligación de hablar al menos una vez al día con un niño o niña de hasta 4 años y medio de edad, ya que se llegó a la conclusión de que las personas dentro de esta franja de edad eran las más sanas mentalmente.
Aunque lo duden ustedes, estas absurdas medidas tuvieron unos resultados bastante favorables. Poco a poco y gracias a insensatas leyes como estas la gente fue recobrando las ganas de vivir. Los nuevos gobernantes se dieron cuenta de que un poco de locura era absolutamente necesaria para el normal desarrollo y crecimiento de los seres humanos que habitaban el país. La última medida aprobada fue la siguiente: Prohibido prohibir.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Texto: Vanesa pomar
Arte: Miguel SP 
contacto: vainilla_p@yahoo.es 

lunes, 15 de noviembre de 2010

Caga Tió

Dedicado a  los que lo hicisteis posible.




A principios de diciembre, como siempre, mi abuela nos llevaba al terrat de su casa (la azotea). Y allí arriba, señalando los montes que se veían a lo lejos, decía:
- ¿Veis esa lucecita que se mueve despacito?
- ¿Dónde, dónde?- preguntábamos
- Allí - señalaba - esa luz pequeña, allí arriba
- ¡Sí, sí, ya la vemos! -contestábamos las cinco entusiasmadas
- Es el Tió, que ya baja de las montañas. Como es muy mayor va poquito a poco- contaba
- Pero, ¿llegará a tiempo?- preguntábamos llenas de nerviosismo
- ¡Claro que sí!- reía - siempre ha llegado a tiempo.
Y bajábamos de nuevo a su casa. Allí las cinco jugábamos, peleábamos, gritábamos, corríamos.... Y mi abuela nos reñía, nos daba la merienda, nos tiraba una alpargata con puntería prodigiosa, nos contaba historias, nos hacía reír, nos cantaba "Duerme, duerme negrito".
Casi cada día subíamos al terrat a ver la lucecita del Tió. Y cada vez estaba más cerca. Qué dura se hacía la espera.
Un domingo poco antes del 24 de diciembre, a la hora de comer llamaron al timbre. ¿Quién será?. Mi abuelo fue a abrir la puerta.
- ¡Venid, venid!- dijo entusiasmado
Y las cinco nos levantamos de la mesa a toda velocidad.
- ¡El Tió!- gritamos - ¡Ha llegado!
Ahí estaba, en la puerta de la casa de mi abuela.
El Tió era un tronco de madera, de unos 40 centímetros de alto, con patas de hierro. Llevaba una manta para protegerse del frío de las montañas, una barretina o gorra roja de medio lado, por ojos dos chinchetas y una sonrisa afable dibujada en rojo.
- Venga, a la mesa a acabar de comer, dejad que el Tió vaya despacito a su habitación y se eche una siesta- dijo mi abuela.
Y nos sentamos a la mesa eufóricas a hablar de la llegada inesperada del Tió.
Cuando acabamos de comer y fuimos de nuevo a la puerta, el Tió ya no estaba allí.
- ¡Hay que buscarlo!- gritó alguna de las cinco
- ¡Aquí!- gritó otra.
La casa de mi abuela no era muy grande, así que no era muy difícil encontrarlo. Estaba en el pasillo.
- ¡Qué despacito va, pobre!- dijo una
- Sí, es muy mayor- dijo otra
Nos volvimos a despistar y cuando volvimos a darnos cuenta el Tió ya estaba en la habitación.
- ¡Ya ha llegado a la habitación! - gritamos
- Pues dejadle una mandarina para cuando se despierte- dijo mi abuela
Y eso hicimos.
Cuando pensamos que ya había dormido suficiente siesta fuimos a verlo...¡Ah! la mandarina ya no estaba.
Nos miramos anonadadas y fuimos corriendo a contárselo a los padres.
- ¡Se ha comido la mandarina!
- ¡Pues claro!- dijeron - el pobre sólo ha comido avellanas por el camino. Dejadle un trocito de chocolate, a ver si se lo come- añadieron
También se comió el chocolate, se comía todo lo que le dabas, incluso se bebía la leche.
Así pasábamos los días de navidad, las cinco primas juntas en casa de mi abuela mientras los padres trabajaban. Fue entonces cuando nacieron los dos grupos terroristas, uno formado por las dos más mayores y el otro formado las tres más pequeñas. Nos hacíamos grandes perrerías, bueno las que se te ocurren a los siete u ocho años. Incluso llegamos a intercambiar rehenes y todo.
Volvamos a la historia del Tió; los tres o cuatro días que estaba descansando en casa de mi abuela se ponía morado de mandarinas y chocolate. Nos íbamos turnando, entre los dos grupos, para vigilar sus movimientos, pero era un tronco silencioso, o tal vez estábamos demasiado ocupadas secuestrándonos y liberándonos como para ver indicios de algo sospechoso.
Una vez nos dijo mi abuela:
- ¿Os ha cagado algo?
- No- dijimos con los ojos como platos
- ¿No habéis mirado debajo de la manta?- preguntó
Salimos disparadas directas a la habitación en la que descansaba el Tió y levantamos la manta que le protegía del frío…..había caramelos
- ¡Ha cagado caramelos!- gritamos eufóricas
- Eso es porque lo tratáis bien- decía mi abuela.
Llegó la noche del 24 de diciembre y, después de cenar, apareció el Tió en el salón.
Armadas cada una con una vara cantábamos la canción del Tió. Es una cancioncilla que habla de gallinas con zapatos y curas que hacen turrones demasiado salados. La canción iba acompañada de golpes de vara a diestro y siniestro. Normalmente alguna acababa llorando debido a un bastonazo.
La canción acababa con un “¡Caga Tió!” Entonces nos volvíamos complétamente locas y levantábamos la manta que cubría al Tió y allí aparecían los regalos envueltos. Llevaban un papelito con el nombre del afortunado.
El Tió solía cagar tres o cuatro veces durante esa noche. Al final nos íbamos a la cama afónicas, alguna incluso con fiebre por la emoción y felices.
Al día siguiente el Tió desaparecía de la misma manera en que había aparecido.
- ¡Hasta el año que viene Tió! ¡Buen viaje!- decíamos.

La próxima vez que vaya a casa de mi abuela le diré que me acompañe al terrat a ver si encontramos la lucecita del Tió.


Texto: Vanesa Pomar
Arte: MIguel SP
Contacto: vainilla_p@yahoo.es

martes, 26 de octubre de 2010

La mujer del blanco lunar



Tenía que coger un avión que salía el sábado a las cuatro y media de la mañana desde Barcelona. Iba a estar fuera unos ocho o nueve meses y como mi amiga Ester vivía allí, convencí a mi hermana Sandra a que me acompañara en coche y así pasábamos allí el día.
-Vale- dijo Sandra- así luego te llevamos al aeropuerto.
Llegamos a Barcelona el sábado por la mañana, fuimos a casa de Ester, comimos allí y luego fuimos a dar una vuelta.
A eso de las cinco de la tarde nos encontramos de repente delante de la cocktelería Boadas, de la que yo no había oído hablar nunca hasta ese momento.
- Venga- dije- que os invito a un cocktail como despedida.
Mi oferta fue gratamente aceptada.
Parecía que el tiempo se había olvidado de pasar por la Boadas, la luz era distinta, el aire, el olor, la gente…
Pedí tres cocketeles. Estaba bueno, era un Cocktail Boadas, el de la casa. Después de ese pedimos otro, como no había ninguna lista de cockteles a la vista tuvimos que recurrir a los que conocíamos. Cuando acabamos el segundo ya estábamos bastante animadillas. Pedimos otro y otro y otro y el bar se fue llenando de gente.
Nos habíamos quedado sin nombres de cockteles así que tuvimos que seguir otro criterio.
- Ahora póngame uno azul- dijo Sandra
- A mi uno rojo- añadió Ester
Yo no recuerdo qué color pedí, la verdad
Seguía entrando y saliendo gente. Llegó un sueco y se puso a hablar y a beber con nosotras. Nos dio un par de nombres de cockteles más
- Oiga- le dije a un hombre que había a mi izquierda - ¿está bueno su cocktail?- le pregunté
- Sí- me dijo sonriendo
- ¿Me deja probarlo?
- Sí, claro- contestó para mi sorpresa
- Mmmhmm. Pues sí que está bueno. ¿Y éste cómo se llama?- añadí
Me dijo el nombre y se lo pedí al camarero.
- Oiga- pregunté al camarero- ¿no tendrán galletitas saladas de esas con forma de pez?
- No, no tenemos- contestó secamente.
Así que ahí estábamos con una borrachera tremenda.
De repente llegó una señora muy elegante a la que todos saludaban. Se metió detrás de la barra y se puso a hacer cockteles con mucho arte.
Al rato salió y vino hacia la esquinilla que habíamos ocupado. Resultó ser Maria Dolors Boadas. Y ahí estuvo contándonos miles de historias de las gentes que habían pasado por allí, de su infancia, sus recuerdos… “Yo soy la mujer del blanco lunar de Vázquez Montalbán” dijo.
A las dos de la mañana salíamos de allí. Creo que no hace falta hablar de las condiciones en las que nos encontrábamos. Y tampoco de lo que tuvimos que pagar.
Sandra y Ester querían ir a tomar algo más. Yo dije que me retiraba, me esperaban unas cuantas horas de avión y quería ir a casa a relajarme un rato. Y eso hice.
Estaba ya en casa de Ester, tirada en el sofá, tapada con una manta, cuando de repente un sonido de guitarra rumbeando me despertó de sopetón. Abrí los ojos y allí estaban Sandra, Ester, el sueco, un gitano con una guitarra y el primo del gitano tocando palmas y canturreando “Ay que se nos va la Mari, ay que se nos va…” Eran las tres de la mañana.
Cuando vi el panorama dije
- Chicas, que me cojo un taxi, que no pasa nada
- No, no- dijo Sandra – que te llevo Mari
- Vas como una cuba - dije- porque yo voy como una cuba y tú has bebido más
- Que no pasa nada, que voy bien para conducir- contestó
Rumba pa´ki rumba pa´lla… cantaban
 -¡Qué coño!- dijo Sandra- ¡vamos todos al aeropuerto, yo conduzco!
- No- dije moviendo el dedo – ni de coña, cómo coño vamos a ir todos al aeropuerto. Que me voy en taxi y ya está
El gitano seguía cantando, el sueco tocando palmas, el primo miraba con cara de tonto y Ester bailaba la tonadilla.
Yo ya me estaba poniendo de mala hostia.
- Mari, Mari- decía Ester – que te acompañamos mujer, cómo vas a ir tú sola
- Pues tenemos que irnos ya- dije
- Venga vamos pues- dijo Sandra poniéndose de pie
- ¿Y éstos?- dije señalando a los tres tenores
- Vosotros nos esperáis aquí- dijo Ester
- Pero, ¿los vas a dejar aquí?- pregunté
- No pasa nada, es un momento – dijo
Yo ya pasé olímpicamente de intentar hacerlas entrar en razón y como no me quería poner de más mala hostia sólo dije
- Bueno, pues vamos
Mientras bajábamos las escaleras Ester se cayó 3 veces. A la segunda la dejé pasar delante.
- Anda, pasa tú, porque te me vas a caer encima- dije
Cogimos el coche.
Sandra conducía, Ester iba detrás cantando Dancing Queen de Abba, tiene cojones, a volumen brutal y encima inventándose la letra porque no habla inglés y yo de copiloto.
- Por la derecha- dijo Ester - ¡Ah no! Por la izquierda, por la izquierda. Nananana dancing queen ninonaninoninonaaaaaa.
Bailaba también.
- Ahora recto- dijo Ester – no, espera, sí, no, no, ah sí
- Joder- dije- ¿pero sabes ir?
- Que sí tía- contestó indignada- que llevo aquí cuatro años ya
Dancing queen dancing queen.
- Espera- dijo Ester esta vez- que no estoy muy segura….
- Hostia la poli- dije
- Mierda- dijo Sandra
Sandra bajó la ventanilla y preguntó lo más serenamente posible
- ¿Para ir al aeropuerto?
- ¿Al aeropuerto?- dijo el policía – estacione el vehículo
Sandra me miró aguantándose la risa, medio arrepentida medio no.
Ester seguía con su dancing queen de los cojones.
- Joder- dije
- Lo siento- dijo Sandra
- Ya- contesté muy cabreada
- Oiga- dije- tengo que coger un avión…
- Pues ya se puede usted buscar un taxi- fue su respuesta
- ¿Hay alguien que pueda conducir el coche?- preguntó el otro policía
- Sí- dijo Ester desde dentro del coche – yo si que puedo conducir, espere que salgo...  vamos que si puedo.
- Ester, calla coño- dijo Sandra
- Usted métase en el vehículo- le dijo uno de los dos agentes de la ley a Ester, que estaba haciendo esfuerzos sobrehumanos para salir del coche
-Pues nada- dije- me voy a coger un taxi. Por cierto, tenéis a los tres tenores en casa, no sé si os acordáis.
- Hostia…- dijo Sandra
Les di un beso a cada una muy seria y paré a un taxi.
- Al aeropuerto-dije secamente
- Vaya- dijo el taxista- qué mala suerte
- Pues sí- dije- y encima tengo que ir sola al aeropuerto sin nadie que me despida, qué triste
- Bueno, puede hablar conmigo hasta que lleguemos y de camino, pues le hago compañía- dijo amablemente
- Me parece buena idea- dije- gracias.
Cuando llegué al aeropuerto ya veía las cosas de otra manera y me reí mucho pensando en el gitano, el sueco y compañía en la casa de Ester tocando la guitarra, el dancing queen, la poli, la mujer del blanco lunar…
Llamé a Sandra por teléfono.
- Niñaaa- me dijo- que lo siento..
- Que no pasa nada joder, sois unas bolingas y punto. ¿Dónde estáis?- pregunté
- Aquí- dijo- en el mismo sitio, con Manolo
- ¿Manolo?
- Sí, el policía. ¿Quieres hablar con él?- preguntó
- Vale, pásamelo
- Buenas noches. ¿Ha llegado ya al aeropuerto?- dijo Manolo
- Buenas noches señor agente. Sí, sí, ya he llegado. No sea muy duro hombre, que estábamos despidiéndonos y se nos ha ido un poco de las manos
- Yo haré lo que pueda- dijo
- Cuídemelas Manolo- dije
- Sí, sí, las chicas están bien
Me volvió a pasar a Sandra
- Oye- dije- qué te han dicho
- Joder, 500€ de multa, 6 puntos, juicio rápido de esos y se lleva el coche la grúa. Tenemos que coger un taxi para ir a casa de Ester y echar a los tres tíos esos. Qué mierda.
Me reí mucho.

Cogí el avión con una sonrisa de oreja a oreja y una borrachera de cabo a rabo.

Al día siguiente llamé a Sandra. Cuando llegaron a casa el gitano se había ido. El sueco se había metido en una cama y el primo del gitano en la otra. El primo se fue y al sueco hubo que echarlo. Al día siguiente fueron a buscar el coche, pagaron la grúa y cada mochuelo a su olivo.

La multa nunca llegó, ni la citación para el juicio, ni desaparecieron los puntos. Al final se portó Manolo.

Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP 
Contacto: mailto:vainilla_p@yahoo.es 

viernes, 22 de octubre de 2010

Rogelio


Cuando colgué el teléfono cogí algo de ropa, la metí en una mochila y me fui directa a la estación de tren. Tendría que coger 3 trenes y me costaría unas 19 horas llegar allí pero cualquier cosa antes que poner un pie en un avión.
Llegué a la estación, fui a la ventanilla de información y compré los billetes. Bueno, ya está, pensé, en tres cuartos de hora sale el primer tren. Compré algo para el viaje y me senté a esperar. Saqué mi cuaderno de la mochila; quería sacar algo en claro sobre lo que me había dicho Rogelio por teléfono pero, ahora, allí sentada, nada tenía mucho sentido, la verdad. En el fondo no me había dicho nada de nada, así que guardé de nuevo el cuaderno.
Conocí a Rogelio hace muchos años, en un concierto para ser más exactos. Desde ese día Rogelio se convirtió en un elemento importante en mi vida.
Se había ido a vivir a la Bretaña Francesa, a Rennes, hacía un par de años. Seguíamos en contacto pero, claro, la distancia hace su trabajo y la vida sigue para todos. Aún así solía verlo una vez al año por lo menos, cuando él se dejaba caer por aquí.
Llegó el tren, por fin. Me subí, busqué mi asiento y me concentré mucho deseando que nadie se sentara a mi lado todavía. Funcionó. El tren se puso en marcha. Vale, ya está hecho, pensé.
Esa mañana, antes de las siete para ser exactos, el teléfono me había despertado. Era Rogelio
- ¡Rita!, ¡Rita!
- ¿Quién es?- pregunté bastante dormida
- Soy yo Rogelio
- Joder Rogelio- dije- ¿qué hora es?
- Son casi las siete
- Mmmhmm- me quejé
- Oye, despiértate, tienes que venir- dijo
- ¿Venir? A ver, espera, espera, qué pasa
- ¿No tenías vacaciones?- preguntó
- Bueno, sí, más o menos, me han echado del curro…
- Pues tienes que venir a Rennes- insistió
- Pero qué pasa- no entendía nada
- Ahora no tengo tiempo de contarte nada, pero es muy… tienes que venir tú. Apunta la dirección. Cuando llegues llámame y te iré a buscar.
- Bien, bien, espera- dije mientras buscaba un boli
- A ver dime..
Apunté los datos
- Gracias Rita, gracias, sabía que tú vendrías. Un beso.
Y colgó.
Jódete y baila.

Y ahí estaba yo, sentada en un tren camino de Barcelona. Después cogería otro con destino a París, parando en Gerona, Figueres, Limoges, Orleáns y finalmente París Austerlitz, luego tendría que coger otro hacia París Montparnasse y ya el último hasta Rennes. No sé por qué, pero tengo una facilidad innata para embarcarme en viajes sorpresa de este tipo.

Llegué a Barcelona. A las ocho y media de la tarde salió el tren hacia París.


Compartí camarote con una mujer de Orleáns que tenía un hotel allí al cual me invitó, por supuesto y me dio una tarjetita y todo. A las diez más o menos se tomó un pastillazo, ella dijo pastillita, así con acento francés y se quedó seca. Había también otra mujer que a las ocho y treinta y siete se puso el pijama y se metió en la camilla. Lo llamo camilla pero realmente ese nombre le queda grande. Así que mis compañeras de guerra me habían abandonado a mis divagaciones. Se podía fumar. Digo esto porque para un fumador hacer este viaje hoy en día sería impensable, claro. No sé cuántos viajes hice al vagón cafetería pero fueron muchos muchos. Rogelio. Subió la policía en la frontera y, al cabo de una hora y pico se llevó a un par. Decidí meterme en el camarote diminuto e intentar dormir. Llegué a dormirme una hora larga pero acabé en el vagón cafetería otra vez. Rogelio. Cuando empezó a amanecer me fui al pasillo a disfrutar del paisaje. Pasábamos por una zona boscosa y había unos dos palmos de niebla espesa cubriendo todo el suelo. Parecía que los árboles flotaban. Estaba todo gris. Todo tenía aspecto fantasmagórico. Rogelio. La mujer de Orleáns apareció por el pasillo. Al rato el tren paró y se bajó. Me volvió a repetir que si iba por allí que me pasara por su hotel.
El tren fue despertando poco a poco. Empezaba a tener vidilla. Cuando entré otra vez en el camarote, la mujer de las ocho y treinta y siete ya estaba vestida y lavada y peinada. La saludé. Me devolvió el saludo.
El tren llegó más o menos a su hora a la estación de Austerlitz. De allí me fui a la estación de Montparnasse y cogí el último tren.
A las dos horas y media llegué a Rennes y llamé a Rogelio.
Cuando lo vi me costó reconocerlo. Estaba mucho más delgado y no tenía muy buena cara. Parecía 20 años mayor.
- Gracias Rita- fue lo primero que dijo y me dio un abrazo.
- Bueno, me vas a contar qué pasa, porque llevo 20 horas de viaje y aún no sé por qué- le pregunté sonriendo.
Ya en el coche volví a preguntarle.
- Bueno, ¿cómo estás?
- Bien- dijo
- Pareces cansado
- Sí, bueno, un poco.
- Y ¿qué es eso tan importante?- pregunté
No contestó.
- Oye, qué pasa, te recordaba más hablador- dije
- Cuando lleguemos a casa- fue su única respuesta.

Le miré de reojo. Y no dije nada más. Qué raro.

Llegamos a casa de Rogelio. Me indicó dónde estaba mi habitación, me duché, me cambié de ropa y volví rápidamente al salón.

Encontré a Rogelio inmerso en cientos de papeles, fotos, dibujos, apuntes… Me acerqué a la mesa y me senté.
Me miró, se quitó las gafas y empezó a contarme una historia muy rara de cuevas secretas. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Cuando acabó la historia nos fuimos a dormir, por la mañana iríamos a la cueva.
Después de pensar un rato, llegué a la conclusión de que mi amigo se había vuelto completamente loco.
Según Rogelio, cuando llegó a Rennes se unió a un grupo que hacía excursiones por los pueblecitos de los alrededores, para conocer gente, dijo. Ya que se dio a los excesos en su juventud pensó que una actividad de este tipo le sentaría bien. A los pocos meses ya estaba harto del “grupo de exploradores” pero le había cogido gusto a las excursiones, así que siguió en solitario. A veces incluso acampaba y se quedaba un par de días por algún monte. En uno de esos fines de semana montañeros descubrió una cueva. Su primer contacto no fue muy fructífero, esas fueron sus palabras. Pero en seguida se dio cuenta de que en esa cueva pasaba algo. Empezó a ir todos los fines de semana, se convirtió en una obsesión.


Nos levantamos temprano, cogimos el coche y fuimos a la susodicha cueva. El acceso era más complicado de lo que había pensado; necesitamos cuerdas y todo.
Cuando llegamos a la entrada un olor nauseabundo me quemó la garganta.
- Luego te acostumbras- dijo Rogelio
- Sí, seguro- contesté como pude.
Me dio una linterna y comenzó a andar.
Pero ¿qué cojones estoy haciendo aquí?, pensé.
Seguí a Rogelio con algo de dificultad.
- Oye- dije – ¿vamos a meternos mucho? Porque no me gusta demasiado…
- Calla…-dijo - ¿has oído?- preguntó
Intenté agudizar el oído pero la verdad, no había oído nada.
- No- respondí
Seguimos andando más despacio. El corazón me latía a toda velocidad.
De repente Rogelio dejó de andar.
- Vamos a esperar aquí un poco- me informó
- ¿Aquí?
Miraba en todas direcciones como si buscase algo. Yo no veía absolutamente nada que quedase fuera del radio de acción de mi linterna. Pero Rogelio parecía no necesitar la suya.
- ¿Tiene que pasar algo?- pregunté – porque a mi avísame, que se me va a salir el corazón por los ojos.
- Confía en mí
- No es que no confíe Rogelio pero es que este sitio no me gusta un pelo, huele mal, tengo frío, no veo nada, creo que estoy pisando bichos continuamente y seguro que llevo la cabeza llena de arañas o cosas peores y no sé qué ha…
Un ruido.
- ¿Has oído?- preguntó – Lo has oído o no- se volvió hacia mi.
- Sí
No me podía mover.
- ¿Qué ha sido eso? –pregunté
- Ven vamos, sígueme- dijo cogiéndome del brazo.
- No. Espera un momento. ¿Qué pasa aquí?- dije
- No lo sé – respondió – Nunca he llegado a verlo, siempre me despierto aquí, donde estamos ahora. Pensé que si venía con otra persona podríamos llegar un poco más lejos.
- ¿Que te despiertas aquí?
- Sí, otras veces que he venido. Me he despertado en el suelo. Y no recuerdo nada. Se oyen ruidos extraños y lo siguiente que sé es que estoy tendido en el suelo, agotado –me contó
- ¿Y cuál se supone que es mi misión?- pregunté
- Ven, vamos a seguir un poco más- dijo
- Mira- dije – te sigo sólo porque no sé cómo se sale de aquí
Andando, andando llegamos a una parte de la cueva un poco más amplia.
- Nunca había llegado hasta aquí
- Bueno, y ahora qué –pregunté
-¡¿Has visto eso?! –exclamó
Me di la vuelta asustada.
- ¿Hola?- gritó Rogelio
- No, hola no, no me jodas, aquí no hay nadie- dije asustada
- Sí, algo ha pasado por allí detrás
- Será un animal- dije
-Era grande- dijo
-Pues un animal grande. Además ¿qué intentas encontrar aquí dentro?- pregunté nerviosa
De repente la cara de Rogelio cambió de expresión; no veía bien pero hasta sus ojos parecían distintos. Me asusté. Comenzó a balbucear algo incomprensible.
- Rogelio ¿estás bien?- dije cogiéndole el brazo. Estaba rígido.
Le sacudí un poco pero estaba completamente ausente.
- Vámonos de aquí, venga, salgamos- dije decidida. Pero Rogelio no reaccionaba.
Él seguía allí de pie, sin moverse. Se dio la vuelta y se quedó frente a mi. Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza. Se acercó poco a poco, yo iba retrocediendo poco a poco. Se quedó a tres dedos de mi cara y entonces abrió la boca de manera grotesca y el grito más horrible que haya podido escuchar en mi vida llenó aquella fría cueva de horror. Era un grito interminable y doloroso. Su cara estaba desencajada. Yo estaba al borde de un ataque cardiaco. Empezó a tener convulsiones muy violentas, se tiró al suelo. Gritaba, se retorcía. Yo no sabía que hacer y empecé a llorar y a gritar y a pedir auxilio. No quería ni acercarme a Rogelio, estaba aterrada. Él seguía presa de lo que fuera, lo llamé por su nombre muchas veces. Se levantó y mirándome empezó a cantar una especie de himno en un idioma incomprensible. Lo peor fue que oí cómo alguien respondía a su canto. Seguí gritando aún más fuerte y el pánico se apoderó de mí por completo. Le dije que me iba a ir de allí, que teníamos que salir de esa puta cueva, pero él parecía estar en otra parte. Le rogué que viniera conmigo, que no se quedase allí. Pero todo fue inútil. Estaré fuera, le dije. Te espero fuera, le repetí.
Llena de dudas y remordimientos por dejar allí a Rogelio logré al rato dar con la salida de la cueva. Estaba temblando, además llovía. Todavía no tenía muy claro qué es lo que había pasado allí dentro. No sabía dónde estaba, ni siquiera recordaba dónde habíamos dejado el coche. Me puse a andar.



Me desperté en un hospital. Me di un susto de muerte hasta que empecé a recordar todo. –Rogelio- dije e hice ademán de levantarme de la cama.
Una enfermera entró al instante y me indicó con señas que no me moviera. Empezó a hablar con otra en francés, llamaron a alguien por teléfono y al rato llegó una tercera enfermera que hablaba español.
- Buenos días- dijo -¿Cómo se encuentra?
- ¿Qué ha pasado? ¿Y Rogelio?- pregunté
- Lleva 4 días en coma. La encontraron por el bosque empapada y con la ropa destrozada. La trajeron aquí
-¿Quién me encontró?
- Una familia
- ¿Y Rogelio?- pregunté
- No había nadie más con usted
- Pero Rogelio se quedó en la cueva- dije nerviosa
- Cuando llegó al hospital dijo algo de una cueva. Enviaron a la policía a que rastreara la zona pero no encontraron nada.
Empecé a llorar.
- Estábamos en una cueva…- sollocé
- Oiga, puede ser debido al golpe..
- ¿Qué golpe?
- Lleva un buen golpe en la cabeza. Debe quedarse unos días más en el hospital. ¿Tiene familia aquí o algún conocido?
- Rogelio- dije
Me hicieron muchas preguntas y muchas pruebas. Vino la policía incluso. Nadie sabía nada de ninguna cueva y tampoco habían denunciado la desaparición de ningún Rogelio.
Cuando pude salir del hospital cogí un taxi y me dirigí a casa de Rogelio. Nadie abrió la puerta. Intenté, haciendo un esfuerzo de memoria sobrehumano para mi, recordar el camino que habíamos seguido para ir a la cueva. Alquilé un coche y busqué durante dos días, pero fue inútil. Volví a casa de Rogelio otras muchas veces, llamé por teléfono, incluso le envié cartas. No volví a tener noticias suyas.

Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP
   




martes, 12 de octubre de 2010

La Señora Sokolov



Como todas las mañanas Sveta bajaba caminando tranquilamente repasando la lista de las cosas que tenía que hacer antes de volver a casa. Saludaba a las vecinas, con las que se llevaba mejor se entretenía un poquito más. Comparaba género y precios, hablaba de lo pronto que había llegado el invierno aquel año, de lo mucho que se había encarecido la vida últimamente.
Sveta entró en la carnicería.
- Buenos días Svetlana, ¿cómo se encuentra hoy?- preguntó la dependienta.
- Bien hija, bien- contestó Sveta- no me puedo quejar.
- Y su marido, ¿cómo está?- volvió a preguntar mientras cortaba unas cabezas de pollo.
- En casa- respondió- con sus cosas ya sabe.
- ¿Y cómo va de lo suyo?
- ¿Tiene hígados?- preguntó Sveta mientras miraba el género expuesto en el mostrador.
- Sí claro y bien grandes. Su marido decía, que cómo va de lo suyo-insistió.
- Pues como siempre hija, como siempre. Póngame dos hígados y medio kilo de salchichas. ¿Cuánto es? Tome, gracias, que dios la proteja.
- Gracias Sveta, a usted también, tenga cuidado que el suelo está muy resbaladizo.
Sveta salió de la tienda, se metió el paquete en el bolso, se ató el pañuelo a la cabeza y fue hacia su casa despacito.
Al cruzar el parque Sveta vio un grupo de jóvenes que corrían y se divertían. Buscó a Kolia, que vivía en su misma calle un poco más arriba. Qué bueno era Kolia, pensó Sveta, tan educado y siempre dispuesto a ayudar, tan alegre… Claro, es la juventud, pensaba, yo de joven también estaba llena de energía y de sueños. Pero, dónde está, debe estar con esa chica, cómo se llamaba….
Y pensando en Kolia llegó a su casa. Subió los cuatro escalones golpeando los pies bien fuerte en la madera para quitarse la nieve que llevaba en los zapatos. Abrió la puerta y en seguida oyó a Misha que le recibía alegremente.
- Hola Misha- dijo con una voz dulcísima mientras se acercaba a él. El pájaro batió sus alas enérgicamente y le regaló un trino.
Sveta abrió la jaula y Misha salió rápidamente y fue a posarse en la cabeza plateada de la pequeña mujer. Ella reía.
Una tos fuerte hizo que volviera en sí. Vladimir.
Puso a calentar un poco de agua, a él le sentaban bien esas infusiones, parece que le calmaban la tos durante un rato.
Sveta salió de la cocina con la taza humeante y fue andando despacito hacia el salón. Allí, sentado en su sillón, estaba Vladimir Sokolov con la cara congestionada, con las uñas clavadas en el sillón.
- Toma, te he preparado esto.
Él no se movió.
- Lo dejo aquí.

En la cocina Sveta encendió la estufa y empezó a cocinar. Canturreaba. Misha volaba de un lado a otro.

-La comida está lista - le dijo a Vladimir. Fue hacia el sillón para ayudarle a levantarse. Lo sujetó con firmeza mientras él hacía fuerzas para incorporarse. Sveta notó cómo a su marido le temblaban las piernas. En la cocina él se sentó delante de la estufa. Sveta le sirvió sopa.
- Está sosa. Y ese pájaro ha estado toda la mañana chillando, me ha puesto dolor de cabeza.
Sveta no contestó.
- Y ¿qué es esto? ¿hígado? ¿otra vez hígado?
- El doctor dice que es bueno para ti
- El doctor dice el doctor dice. Y qué más te dice el doctor, ¿que amargues los últimos días de mi vida? No te quedes mirándome con esa cara. Dios qué mujer. Tendría que haberme marchado hace tiempo, con el ejército incluso, pero ahora que lo único que me queda es la enfermedad, dónde voy, ¿eh? dime Svetlana, dónde voy.
Sveta se levantó y comenzó a recoger la mesa.
- Quieres el hígado o no lo quieres- preguntó cogiendo el plato.
Él, impulsado por la rabia se levantó y se fue hacia su sillón con paso renqueante.
Apareció Misha.
Sveta se sentó en una silla y observó cómo el pájaro se comía las migas de pan de la mesa. Se levantó de repente, acabó de recoger, metió un poco del guiso de hígado que había hecho en un recipiente y lo tapó bien. Se puso la chaqueta, se puso el abrigo y fue hacia la puerta.
- Ahora vengo- dijo a nadie. Y nadie le respondió.

Salió a la calle, dobló la esquina y llamó a la puerta de Kolia.
- ¡Señora Sokolov!, pase pase, no se quede ahí que hace frío.
- Buenas tardes Kolia, ¿está ocupado?- preguntó Sveta.
- ¡No, no! ¿Cómo está? ¿Pasa algo? ¿Necesita que le eche una mano para mover algún mueble viejo?- preguntó Kolia sonriendo.
Sveta también sonrió – No, no es nada de eso. Te traigo un poco de hígado que he preparado. Pensé que aún no habrías comido.
- Gracias, es usted tan buena…me mima demasiado- respondió – Y usted, ¿ha comido?
- Sí, sí, tranquilo hijo, ya hemos comido. Bueno, le dejo que probablemente tendrá cosas que hacer, los jóvenes están siempre tan ocupados…
- ¿Está usted bien Svetlana?- preguntó Kolia preocupado – está usted muy callada hoy.
- Estoy algo cansada, ya soy vieja – dijo mientras se dirigía hacia la puerta sonriendo- Adiós Kolia, que dios le bendiga.
- Hasta luego- respondió Kolia – Y a usted también.
Sveta entró en casa, se quitó la chaqueta y se asomó al salón. Estaba dormido, mejor, así no sufría tanto pobre.
Fue a la cocina y empezó a desmenuzar un trozo de pan seco que había guardado. Metió los trocitos en una bolsa de plástico.
- Misha, Misha, ven – el pájaro se posó en el hombro de Sveta, ella lo cogió con cuidado y lo metió en la jaula. Se puso la chaqueta, se puso el abrigo, el gorro, los guantes, cogió la bolsa de plástico y salió a la calle.
Paseó hasta el parque y allí empezó a repartir el pan entre los pocos pájaros que encontró. Cuando se levantó un aire muy frío se fue a casa.

Vladimir estaba despierto.
Sveta se sentó un rato en el salón. Silencio. Miraba por la ventana.
- La pastilla- dijo Vladimir –tráeme la pastilla.
- Falta un rato, todavía no te toca- respondió mientras se levantaba.
- Te digo que me traigas la pastilla- insistió nervioso. Sveta se la dio.

Cuando la cena estuvo lista fue como siempre a buscarlo al salón. Ayudó a su marido a levantarse, caminaron juntos hacia la cocina, lo sentó de espaldas a la estufa y le sirvió la cena.
- ¿Y el hígado? – preguntó Vladimir sin levantar los ojos de la mesa.
- No queda – respondió Sveta tranquila.
- Cómo que no queda.
- Le llevé a Kolia un poco.
- ¿A Kolia? ¿A ese desgraciado melenudo?
- Es un joven muy amable. Y muy educado.
- ¿Te lo ha pagado?
- ¿Cómo me lo va a pagar? Dijiste que estabas cansado de hígado – contestó Sveta.
- Yo no sé qué tienes en la cabeza Svetlana. Tú te has propuesto acabar conmigo.

Después de preparar la infusión para Vladimir, Sveta se fue a su habitación, se desvistió y se metió en su cama.

Abrió los ojos y vio que entraba demasiada luz por la ventana. Sveta se levantó deprisa, se vistió y fue hacia el salón. No estaba, el sillón estaba vacío. Fue hacia la cocina y lo encontró sentado en la silla, delante de una taza de té vacía, con la cucharilla en la mano y mirando la mesa. Nadie había encendido la estufa.
Apresuradamente puso agua a calentar y preparó la estufa de carbón. Azuzó un poco la madera y el papel para que el carbón se asentara mejor y prendiera antes.
Se tomó el té deprisa, se puso el abrigo, los guantes y el gorro y se fue al mercado.
¡Uy!, pensó, con las prisas no le di los buenos días a Misha.
Hizo sus compras sin entretenerse, hoy iba un poco retrasada y volvió a casa.
Cuando ya estaba cerca vio una figura sentada en las escaleras.¿Quién era? ¡Kolia! ¡Era Kolia! Se apresuró para acudir al encuentro del joven.
Kolia se levantó, estaba serio y ¿qué hacía la jaula de Misha ahí fuera? Sveta no entendía lo que estaba ocurriendo. Kolia se dirigió hacia ella con semblante consternado.
- Señora Sokolov- dijo – estaba recogiendo unas ramas en la parte de atrás de la casa y..
- ¿Qué pasa Kolia? ¿Y qué hace Misha aquí fuera?- preguntó Sveta asustada.
- Encontré la jaula de Misha en la parte de atrás de la casa señora Sokolov. Misha está..
- ¡No puede ser! – sollozó Sveta – estaba en casa, ayer le di las buenas noches – decía la mujer.
- Sveta, alguien ha sacado a Misha a la calle, ¿lo entiende?
- Pero, quién, ¿a quién le puede molestar un pajarillo medio cojo? – se preguntaba.
Entonces la cara de Svetlana Sokolov se tornó pálida. Entornó los ojos como fijando sus pensamientos. Cogió la jaula y se dio media vuelta.
- Sveta, Sveta espere, ¿dónde va? – preguntó Kolia – qué va a hacer, ¿quiere que la ayude?
Pero Sveta no respondió y siguió andando. Llegó a un claro no muy apartado de la casa y allí se arrodilló en el suelo, hizo un agujero con sus manos viejas y con lágrimas en los ojos enterró el pobre Misha.
Se levantó y fue hacia su casa. Kolia seguía allí, donde lo había dejado. El joven la miraba apenado.
- Si necesita cualquier cosa ya sabe dónde estoy- dijo.
- Gracias hijo, dios te lo pague.
Entró en casa, guardó la jaula en un armario, se secó las lágrimas heladas y fue hacia la cocina. Se sentó al lado de la estufa y jugueteó con el hierro que utilizaba para remover las brasas. La tos de Vladimir la sacó de su ensimismamiento.
Preparó la comida y fue a buscar a su marido cuando ya estaba todo listo. Se sentaron a la mesa y él comió todo lo que Sveta había preparado. Ella no probó bocado, se dedicó a mirarle con ojos llenos de odio, pero Vladimir no se daba cuenta de esas cosas, hacía tiempo que no miraba a su mujer a los ojos.

El día transcurrió con normalidad, Vladimir dormitaba en su sillón cuando la tos se lo permitía y Sveta lloraba en silencio la muerte de Misha en la cocina.

La rabia de Svetlana iba en aumento, ¿cómo podía haber hecho eso? ¿cómo había sido capaz de dejar que el pobre animal muriese de frío? ¿cómo podía continuar como si nada hubiese pasado?

- ¡Svetlana! ¡Svetlana! ¿Dónde estás mujer? ¿No ves que te necesito?- gritó desde su sillón
Svetlana se acercó a él lentamente.
- Acércame esos libros de allí- dijo
- Deberías moverte tú, te sentaría bien. Además sé que a veces te mueves tú solo.
- ¿Qué dices? Tú qué vas a saber. Acércame los libros y déjame tranquilo anda.
Sveta le acercó los libros, se quedó delante de él durante unos segundos.
- ¿Qué quieres? ¿Que te de las gracias?
Sveta se dio media vuelta y fue hacia la cocina.
Llamaron a la puerta. Sveta se sobresaltó y fue a ver quién era.
- ¡Hola Kolia! Pase pase.
- ¿Cómo está?, ¿le apetece ir a dar una vuelta por el parque?- le preguntó el joven.
- No gracias hijo, hace demasiado frío.
- ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le haga compañía un rato?
- ¿Quiere un té?- preguntó Sveta
- Sí claro, si usted se toma uno también.
- Está bien, nos tomaremos un té.
-¿Dónde está?- preguntó Kolia
- En el salón. ¿Cuánto azúcar? Se me ha olvidado- dijo Sveta sonriendo.
- Sin azúcar
- ¿Cómo se llama la chica que estaba el otro día con usted?
Kolia rió.
- Katia, se llama Katia
- Y ¿dónde la conoció? – volvió a preguntar Sveta.

Cuando acabaron el té Kolia se fue.

Sveta fue hacia el lugar donde estaba colgada la jaula de Misha para abrirle la puerta y dejar que volase un rato. Lloró.

Cuando la mesa estaba lista fue a buscar a su marido.
-¿Qué pasa Svetlana? Estás muy callada hoy – dijo Vladimir irónicamente - ¿Qué quería ese Kolia?
Svetlana le puso el plato delante.
- Hace frío aquí, seguro que se te ha olvidado echar más carbón.
Ella miró la estufa, el saco de carbón se ha acabado, pensó, fue a buscar otro, lo arrastró hasta la cocina mientras su marido se metía la cuchara en la boca. Apoyó el saco en la pared y cogió la barra de hierro para remover los carbones de la estufa.
- ¡Va! Este caldo no vale nada- dijo Vladimir.
Svetlana Sokolov con la barra de hierro en las manos miró la espalda de Vladimir. Levantó sus brazos, que por primera vez en mucho tiempo habían dejado de temblar y descargó todos esos años de dolor y rabia en la cabeza de su marido.
La cabeza se inclinó hacia delante, se hundió en el plato de caldo que no valía nada, hubo espasmos y sangre oscura y densa goteando.
Sveta fue a buscar una sábana, envolvió la cabeza de su marido, lo tumbó en el suelo y lo envolvió en otra tela, limpió todo, la sangre, el caldo, los cristales del vaso, limpió años de recuerdos, rascó y rascó desenfrenada hasta que no quedó nada, excepto Vladimir Sokolov envuelto en una tela tumbado en el suelo de la cocina, con una mancha de sangre que se iba expandiendo poco a poco.
Después de sentarse un rato, no a pensar sino a no pensar, se levantó y salió a la calle. Dobló la esquina y llamó a la puerta de Kolia.
- ¿Qué hace así? Se va a enfriar. Pase- dijo Kolia
- No, no¿ Está ocupado? Necesito que venga conmigo un momento.
- Claro, qué pasa Svetlana.
Ella no respondió, entraron en su casa y fue directa a la cocina. Kolia la seguía. Entonces fue cuando vio el cuerpo envuelto del que había sido Vladimir Sokolov.
- ¡Dios mío! Pero ¿qué ha hecho? ¿qué ha pasado? Está bien, tranquila. Hay que llamar a la policía.
- No. No quiero llamar a la policía. Quiero sacar esto de aquí, enterrarlo en el monte- dijo ella- Perdón Kolia, no debí haberle llamado, váyase y por favor no diga nada a nadie.
- Pero ¿cómo voy a dejarla sola con esto? Además ya me ha hecho cómplice señora Sokolov.
Salieron por la parte de atrás y medio cargando medio arrastrando consiguieron llevar el cuerpo a hasta un lugar apartado. Nevaba, eso estaba bien, así se borrarían las huellas, pensó Kolia sorprendido de verse en esa situación.
Se pusieron los dos a cavar y al cabo de un buen rato ya no quedaba ni rastro de Vladimir Sokolov.
- Vete Kolia- dijo Sveta – ya te has arriesgado bastante. Muchas gracias.
- ¿Y usted?
- Me quedaré aquí un momento, no hace falta que se quede conmigo.
Así que Kolia se fue intentando asimilar lo que acababa de hacer. Había sido todo tan rápido… Se sintió aterrado.

Sveta respiró hondo, se apretó el pañuelo que llevaba en la cabeza y se dio media vuelta. Fue al lugar en el que había enterrado a Misha. Se volvió a agachar y desenterró al pájaro. Volvió a casa, metió a Misha en la jaula, se sentó en el salón, se bebió un vaso de vodka y durmió.

 



Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP 
Contacto: vainilla_p@yahoo.es