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martes, 26 de octubre de 2010

La mujer del blanco lunar



Tenía que coger un avión que salía el sábado a las cuatro y media de la mañana desde Barcelona. Iba a estar fuera unos ocho o nueve meses y como mi amiga Ester vivía allí, convencí a mi hermana Sandra a que me acompañara en coche y así pasábamos allí el día.
-Vale- dijo Sandra- así luego te llevamos al aeropuerto.
Llegamos a Barcelona el sábado por la mañana, fuimos a casa de Ester, comimos allí y luego fuimos a dar una vuelta.
A eso de las cinco de la tarde nos encontramos de repente delante de la cocktelería Boadas, de la que yo no había oído hablar nunca hasta ese momento.
- Venga- dije- que os invito a un cocktail como despedida.
Mi oferta fue gratamente aceptada.
Parecía que el tiempo se había olvidado de pasar por la Boadas, la luz era distinta, el aire, el olor, la gente…
Pedí tres cocketeles. Estaba bueno, era un Cocktail Boadas, el de la casa. Después de ese pedimos otro, como no había ninguna lista de cockteles a la vista tuvimos que recurrir a los que conocíamos. Cuando acabamos el segundo ya estábamos bastante animadillas. Pedimos otro y otro y otro y el bar se fue llenando de gente.
Nos habíamos quedado sin nombres de cockteles así que tuvimos que seguir otro criterio.
- Ahora póngame uno azul- dijo Sandra
- A mi uno rojo- añadió Ester
Yo no recuerdo qué color pedí, la verdad
Seguía entrando y saliendo gente. Llegó un sueco y se puso a hablar y a beber con nosotras. Nos dio un par de nombres de cockteles más
- Oiga- le dije a un hombre que había a mi izquierda - ¿está bueno su cocktail?- le pregunté
- Sí- me dijo sonriendo
- ¿Me deja probarlo?
- Sí, claro- contestó para mi sorpresa
- Mmmhmm. Pues sí que está bueno. ¿Y éste cómo se llama?- añadí
Me dijo el nombre y se lo pedí al camarero.
- Oiga- pregunté al camarero- ¿no tendrán galletitas saladas de esas con forma de pez?
- No, no tenemos- contestó secamente.
Así que ahí estábamos con una borrachera tremenda.
De repente llegó una señora muy elegante a la que todos saludaban. Se metió detrás de la barra y se puso a hacer cockteles con mucho arte.
Al rato salió y vino hacia la esquinilla que habíamos ocupado. Resultó ser Maria Dolors Boadas. Y ahí estuvo contándonos miles de historias de las gentes que habían pasado por allí, de su infancia, sus recuerdos… “Yo soy la mujer del blanco lunar de Vázquez Montalbán” dijo.
A las dos de la mañana salíamos de allí. Creo que no hace falta hablar de las condiciones en las que nos encontrábamos. Y tampoco de lo que tuvimos que pagar.
Sandra y Ester querían ir a tomar algo más. Yo dije que me retiraba, me esperaban unas cuantas horas de avión y quería ir a casa a relajarme un rato. Y eso hice.
Estaba ya en casa de Ester, tirada en el sofá, tapada con una manta, cuando de repente un sonido de guitarra rumbeando me despertó de sopetón. Abrí los ojos y allí estaban Sandra, Ester, el sueco, un gitano con una guitarra y el primo del gitano tocando palmas y canturreando “Ay que se nos va la Mari, ay que se nos va…” Eran las tres de la mañana.
Cuando vi el panorama dije
- Chicas, que me cojo un taxi, que no pasa nada
- No, no- dijo Sandra – que te llevo Mari
- Vas como una cuba - dije- porque yo voy como una cuba y tú has bebido más
- Que no pasa nada, que voy bien para conducir- contestó
Rumba pa´ki rumba pa´lla… cantaban
 -¡Qué coño!- dijo Sandra- ¡vamos todos al aeropuerto, yo conduzco!
- No- dije moviendo el dedo – ni de coña, cómo coño vamos a ir todos al aeropuerto. Que me voy en taxi y ya está
El gitano seguía cantando, el sueco tocando palmas, el primo miraba con cara de tonto y Ester bailaba la tonadilla.
Yo ya me estaba poniendo de mala hostia.
- Mari, Mari- decía Ester – que te acompañamos mujer, cómo vas a ir tú sola
- Pues tenemos que irnos ya- dije
- Venga vamos pues- dijo Sandra poniéndose de pie
- ¿Y éstos?- dije señalando a los tres tenores
- Vosotros nos esperáis aquí- dijo Ester
- Pero, ¿los vas a dejar aquí?- pregunté
- No pasa nada, es un momento – dijo
Yo ya pasé olímpicamente de intentar hacerlas entrar en razón y como no me quería poner de más mala hostia sólo dije
- Bueno, pues vamos
Mientras bajábamos las escaleras Ester se cayó 3 veces. A la segunda la dejé pasar delante.
- Anda, pasa tú, porque te me vas a caer encima- dije
Cogimos el coche.
Sandra conducía, Ester iba detrás cantando Dancing Queen de Abba, tiene cojones, a volumen brutal y encima inventándose la letra porque no habla inglés y yo de copiloto.
- Por la derecha- dijo Ester - ¡Ah no! Por la izquierda, por la izquierda. Nananana dancing queen ninonaninoninonaaaaaa.
Bailaba también.
- Ahora recto- dijo Ester – no, espera, sí, no, no, ah sí
- Joder- dije- ¿pero sabes ir?
- Que sí tía- contestó indignada- que llevo aquí cuatro años ya
Dancing queen dancing queen.
- Espera- dijo Ester esta vez- que no estoy muy segura….
- Hostia la poli- dije
- Mierda- dijo Sandra
Sandra bajó la ventanilla y preguntó lo más serenamente posible
- ¿Para ir al aeropuerto?
- ¿Al aeropuerto?- dijo el policía – estacione el vehículo
Sandra me miró aguantándose la risa, medio arrepentida medio no.
Ester seguía con su dancing queen de los cojones.
- Joder- dije
- Lo siento- dijo Sandra
- Ya- contesté muy cabreada
- Oiga- dije- tengo que coger un avión…
- Pues ya se puede usted buscar un taxi- fue su respuesta
- ¿Hay alguien que pueda conducir el coche?- preguntó el otro policía
- Sí- dijo Ester desde dentro del coche – yo si que puedo conducir, espere que salgo...  vamos que si puedo.
- Ester, calla coño- dijo Sandra
- Usted métase en el vehículo- le dijo uno de los dos agentes de la ley a Ester, que estaba haciendo esfuerzos sobrehumanos para salir del coche
-Pues nada- dije- me voy a coger un taxi. Por cierto, tenéis a los tres tenores en casa, no sé si os acordáis.
- Hostia…- dijo Sandra
Les di un beso a cada una muy seria y paré a un taxi.
- Al aeropuerto-dije secamente
- Vaya- dijo el taxista- qué mala suerte
- Pues sí- dije- y encima tengo que ir sola al aeropuerto sin nadie que me despida, qué triste
- Bueno, puede hablar conmigo hasta que lleguemos y de camino, pues le hago compañía- dijo amablemente
- Me parece buena idea- dije- gracias.
Cuando llegué al aeropuerto ya veía las cosas de otra manera y me reí mucho pensando en el gitano, el sueco y compañía en la casa de Ester tocando la guitarra, el dancing queen, la poli, la mujer del blanco lunar…
Llamé a Sandra por teléfono.
- Niñaaa- me dijo- que lo siento..
- Que no pasa nada joder, sois unas bolingas y punto. ¿Dónde estáis?- pregunté
- Aquí- dijo- en el mismo sitio, con Manolo
- ¿Manolo?
- Sí, el policía. ¿Quieres hablar con él?- preguntó
- Vale, pásamelo
- Buenas noches. ¿Ha llegado ya al aeropuerto?- dijo Manolo
- Buenas noches señor agente. Sí, sí, ya he llegado. No sea muy duro hombre, que estábamos despidiéndonos y se nos ha ido un poco de las manos
- Yo haré lo que pueda- dijo
- Cuídemelas Manolo- dije
- Sí, sí, las chicas están bien
Me volvió a pasar a Sandra
- Oye- dije- qué te han dicho
- Joder, 500€ de multa, 6 puntos, juicio rápido de esos y se lleva el coche la grúa. Tenemos que coger un taxi para ir a casa de Ester y echar a los tres tíos esos. Qué mierda.
Me reí mucho.

Cogí el avión con una sonrisa de oreja a oreja y una borrachera de cabo a rabo.

Al día siguiente llamé a Sandra. Cuando llegaron a casa el gitano se había ido. El sueco se había metido en una cama y el primo del gitano en la otra. El primo se fue y al sueco hubo que echarlo. Al día siguiente fueron a buscar el coche, pagaron la grúa y cada mochuelo a su olivo.

La multa nunca llegó, ni la citación para el juicio, ni desaparecieron los puntos. Al final se portó Manolo.

Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP 
Contacto: mailto:vainilla_p@yahoo.es 

viernes, 22 de octubre de 2010

Rogelio


Cuando colgué el teléfono cogí algo de ropa, la metí en una mochila y me fui directa a la estación de tren. Tendría que coger 3 trenes y me costaría unas 19 horas llegar allí pero cualquier cosa antes que poner un pie en un avión.
Llegué a la estación, fui a la ventanilla de información y compré los billetes. Bueno, ya está, pensé, en tres cuartos de hora sale el primer tren. Compré algo para el viaje y me senté a esperar. Saqué mi cuaderno de la mochila; quería sacar algo en claro sobre lo que me había dicho Rogelio por teléfono pero, ahora, allí sentada, nada tenía mucho sentido, la verdad. En el fondo no me había dicho nada de nada, así que guardé de nuevo el cuaderno.
Conocí a Rogelio hace muchos años, en un concierto para ser más exactos. Desde ese día Rogelio se convirtió en un elemento importante en mi vida.
Se había ido a vivir a la Bretaña Francesa, a Rennes, hacía un par de años. Seguíamos en contacto pero, claro, la distancia hace su trabajo y la vida sigue para todos. Aún así solía verlo una vez al año por lo menos, cuando él se dejaba caer por aquí.
Llegó el tren, por fin. Me subí, busqué mi asiento y me concentré mucho deseando que nadie se sentara a mi lado todavía. Funcionó. El tren se puso en marcha. Vale, ya está hecho, pensé.
Esa mañana, antes de las siete para ser exactos, el teléfono me había despertado. Era Rogelio
- ¡Rita!, ¡Rita!
- ¿Quién es?- pregunté bastante dormida
- Soy yo Rogelio
- Joder Rogelio- dije- ¿qué hora es?
- Son casi las siete
- Mmmhmm- me quejé
- Oye, despiértate, tienes que venir- dijo
- ¿Venir? A ver, espera, espera, qué pasa
- ¿No tenías vacaciones?- preguntó
- Bueno, sí, más o menos, me han echado del curro…
- Pues tienes que venir a Rennes- insistió
- Pero qué pasa- no entendía nada
- Ahora no tengo tiempo de contarte nada, pero es muy… tienes que venir tú. Apunta la dirección. Cuando llegues llámame y te iré a buscar.
- Bien, bien, espera- dije mientras buscaba un boli
- A ver dime..
Apunté los datos
- Gracias Rita, gracias, sabía que tú vendrías. Un beso.
Y colgó.
Jódete y baila.

Y ahí estaba yo, sentada en un tren camino de Barcelona. Después cogería otro con destino a París, parando en Gerona, Figueres, Limoges, Orleáns y finalmente París Austerlitz, luego tendría que coger otro hacia París Montparnasse y ya el último hasta Rennes. No sé por qué, pero tengo una facilidad innata para embarcarme en viajes sorpresa de este tipo.

Llegué a Barcelona. A las ocho y media de la tarde salió el tren hacia París.


Compartí camarote con una mujer de Orleáns que tenía un hotel allí al cual me invitó, por supuesto y me dio una tarjetita y todo. A las diez más o menos se tomó un pastillazo, ella dijo pastillita, así con acento francés y se quedó seca. Había también otra mujer que a las ocho y treinta y siete se puso el pijama y se metió en la camilla. Lo llamo camilla pero realmente ese nombre le queda grande. Así que mis compañeras de guerra me habían abandonado a mis divagaciones. Se podía fumar. Digo esto porque para un fumador hacer este viaje hoy en día sería impensable, claro. No sé cuántos viajes hice al vagón cafetería pero fueron muchos muchos. Rogelio. Subió la policía en la frontera y, al cabo de una hora y pico se llevó a un par. Decidí meterme en el camarote diminuto e intentar dormir. Llegué a dormirme una hora larga pero acabé en el vagón cafetería otra vez. Rogelio. Cuando empezó a amanecer me fui al pasillo a disfrutar del paisaje. Pasábamos por una zona boscosa y había unos dos palmos de niebla espesa cubriendo todo el suelo. Parecía que los árboles flotaban. Estaba todo gris. Todo tenía aspecto fantasmagórico. Rogelio. La mujer de Orleáns apareció por el pasillo. Al rato el tren paró y se bajó. Me volvió a repetir que si iba por allí que me pasara por su hotel.
El tren fue despertando poco a poco. Empezaba a tener vidilla. Cuando entré otra vez en el camarote, la mujer de las ocho y treinta y siete ya estaba vestida y lavada y peinada. La saludé. Me devolvió el saludo.
El tren llegó más o menos a su hora a la estación de Austerlitz. De allí me fui a la estación de Montparnasse y cogí el último tren.
A las dos horas y media llegué a Rennes y llamé a Rogelio.
Cuando lo vi me costó reconocerlo. Estaba mucho más delgado y no tenía muy buena cara. Parecía 20 años mayor.
- Gracias Rita- fue lo primero que dijo y me dio un abrazo.
- Bueno, me vas a contar qué pasa, porque llevo 20 horas de viaje y aún no sé por qué- le pregunté sonriendo.
Ya en el coche volví a preguntarle.
- Bueno, ¿cómo estás?
- Bien- dijo
- Pareces cansado
- Sí, bueno, un poco.
- Y ¿qué es eso tan importante?- pregunté
No contestó.
- Oye, qué pasa, te recordaba más hablador- dije
- Cuando lleguemos a casa- fue su única respuesta.

Le miré de reojo. Y no dije nada más. Qué raro.

Llegamos a casa de Rogelio. Me indicó dónde estaba mi habitación, me duché, me cambié de ropa y volví rápidamente al salón.

Encontré a Rogelio inmerso en cientos de papeles, fotos, dibujos, apuntes… Me acerqué a la mesa y me senté.
Me miró, se quitó las gafas y empezó a contarme una historia muy rara de cuevas secretas. No daba crédito a lo que estaba escuchando. Cuando acabó la historia nos fuimos a dormir, por la mañana iríamos a la cueva.
Después de pensar un rato, llegué a la conclusión de que mi amigo se había vuelto completamente loco.
Según Rogelio, cuando llegó a Rennes se unió a un grupo que hacía excursiones por los pueblecitos de los alrededores, para conocer gente, dijo. Ya que se dio a los excesos en su juventud pensó que una actividad de este tipo le sentaría bien. A los pocos meses ya estaba harto del “grupo de exploradores” pero le había cogido gusto a las excursiones, así que siguió en solitario. A veces incluso acampaba y se quedaba un par de días por algún monte. En uno de esos fines de semana montañeros descubrió una cueva. Su primer contacto no fue muy fructífero, esas fueron sus palabras. Pero en seguida se dio cuenta de que en esa cueva pasaba algo. Empezó a ir todos los fines de semana, se convirtió en una obsesión.


Nos levantamos temprano, cogimos el coche y fuimos a la susodicha cueva. El acceso era más complicado de lo que había pensado; necesitamos cuerdas y todo.
Cuando llegamos a la entrada un olor nauseabundo me quemó la garganta.
- Luego te acostumbras- dijo Rogelio
- Sí, seguro- contesté como pude.
Me dio una linterna y comenzó a andar.
Pero ¿qué cojones estoy haciendo aquí?, pensé.
Seguí a Rogelio con algo de dificultad.
- Oye- dije – ¿vamos a meternos mucho? Porque no me gusta demasiado…
- Calla…-dijo - ¿has oído?- preguntó
Intenté agudizar el oído pero la verdad, no había oído nada.
- No- respondí
Seguimos andando más despacio. El corazón me latía a toda velocidad.
De repente Rogelio dejó de andar.
- Vamos a esperar aquí un poco- me informó
- ¿Aquí?
Miraba en todas direcciones como si buscase algo. Yo no veía absolutamente nada que quedase fuera del radio de acción de mi linterna. Pero Rogelio parecía no necesitar la suya.
- ¿Tiene que pasar algo?- pregunté – porque a mi avísame, que se me va a salir el corazón por los ojos.
- Confía en mí
- No es que no confíe Rogelio pero es que este sitio no me gusta un pelo, huele mal, tengo frío, no veo nada, creo que estoy pisando bichos continuamente y seguro que llevo la cabeza llena de arañas o cosas peores y no sé qué ha…
Un ruido.
- ¿Has oído?- preguntó – Lo has oído o no- se volvió hacia mi.
- Sí
No me podía mover.
- ¿Qué ha sido eso? –pregunté
- Ven vamos, sígueme- dijo cogiéndome del brazo.
- No. Espera un momento. ¿Qué pasa aquí?- dije
- No lo sé – respondió – Nunca he llegado a verlo, siempre me despierto aquí, donde estamos ahora. Pensé que si venía con otra persona podríamos llegar un poco más lejos.
- ¿Que te despiertas aquí?
- Sí, otras veces que he venido. Me he despertado en el suelo. Y no recuerdo nada. Se oyen ruidos extraños y lo siguiente que sé es que estoy tendido en el suelo, agotado –me contó
- ¿Y cuál se supone que es mi misión?- pregunté
- Ven, vamos a seguir un poco más- dijo
- Mira- dije – te sigo sólo porque no sé cómo se sale de aquí
Andando, andando llegamos a una parte de la cueva un poco más amplia.
- Nunca había llegado hasta aquí
- Bueno, y ahora qué –pregunté
-¡¿Has visto eso?! –exclamó
Me di la vuelta asustada.
- ¿Hola?- gritó Rogelio
- No, hola no, no me jodas, aquí no hay nadie- dije asustada
- Sí, algo ha pasado por allí detrás
- Será un animal- dije
-Era grande- dijo
-Pues un animal grande. Además ¿qué intentas encontrar aquí dentro?- pregunté nerviosa
De repente la cara de Rogelio cambió de expresión; no veía bien pero hasta sus ojos parecían distintos. Me asusté. Comenzó a balbucear algo incomprensible.
- Rogelio ¿estás bien?- dije cogiéndole el brazo. Estaba rígido.
Le sacudí un poco pero estaba completamente ausente.
- Vámonos de aquí, venga, salgamos- dije decidida. Pero Rogelio no reaccionaba.
Él seguía allí de pie, sin moverse. Se dio la vuelta y se quedó frente a mi. Un escalofrío me recorrió de los pies a la cabeza. Se acercó poco a poco, yo iba retrocediendo poco a poco. Se quedó a tres dedos de mi cara y entonces abrió la boca de manera grotesca y el grito más horrible que haya podido escuchar en mi vida llenó aquella fría cueva de horror. Era un grito interminable y doloroso. Su cara estaba desencajada. Yo estaba al borde de un ataque cardiaco. Empezó a tener convulsiones muy violentas, se tiró al suelo. Gritaba, se retorcía. Yo no sabía que hacer y empecé a llorar y a gritar y a pedir auxilio. No quería ni acercarme a Rogelio, estaba aterrada. Él seguía presa de lo que fuera, lo llamé por su nombre muchas veces. Se levantó y mirándome empezó a cantar una especie de himno en un idioma incomprensible. Lo peor fue que oí cómo alguien respondía a su canto. Seguí gritando aún más fuerte y el pánico se apoderó de mí por completo. Le dije que me iba a ir de allí, que teníamos que salir de esa puta cueva, pero él parecía estar en otra parte. Le rogué que viniera conmigo, que no se quedase allí. Pero todo fue inútil. Estaré fuera, le dije. Te espero fuera, le repetí.
Llena de dudas y remordimientos por dejar allí a Rogelio logré al rato dar con la salida de la cueva. Estaba temblando, además llovía. Todavía no tenía muy claro qué es lo que había pasado allí dentro. No sabía dónde estaba, ni siquiera recordaba dónde habíamos dejado el coche. Me puse a andar.



Me desperté en un hospital. Me di un susto de muerte hasta que empecé a recordar todo. –Rogelio- dije e hice ademán de levantarme de la cama.
Una enfermera entró al instante y me indicó con señas que no me moviera. Empezó a hablar con otra en francés, llamaron a alguien por teléfono y al rato llegó una tercera enfermera que hablaba español.
- Buenos días- dijo -¿Cómo se encuentra?
- ¿Qué ha pasado? ¿Y Rogelio?- pregunté
- Lleva 4 días en coma. La encontraron por el bosque empapada y con la ropa destrozada. La trajeron aquí
-¿Quién me encontró?
- Una familia
- ¿Y Rogelio?- pregunté
- No había nadie más con usted
- Pero Rogelio se quedó en la cueva- dije nerviosa
- Cuando llegó al hospital dijo algo de una cueva. Enviaron a la policía a que rastreara la zona pero no encontraron nada.
Empecé a llorar.
- Estábamos en una cueva…- sollocé
- Oiga, puede ser debido al golpe..
- ¿Qué golpe?
- Lleva un buen golpe en la cabeza. Debe quedarse unos días más en el hospital. ¿Tiene familia aquí o algún conocido?
- Rogelio- dije
Me hicieron muchas preguntas y muchas pruebas. Vino la policía incluso. Nadie sabía nada de ninguna cueva y tampoco habían denunciado la desaparición de ningún Rogelio.
Cuando pude salir del hospital cogí un taxi y me dirigí a casa de Rogelio. Nadie abrió la puerta. Intenté, haciendo un esfuerzo de memoria sobrehumano para mi, recordar el camino que habíamos seguido para ir a la cueva. Alquilé un coche y busqué durante dos días, pero fue inútil. Volví a casa de Rogelio otras muchas veces, llamé por teléfono, incluso le envié cartas. No volví a tener noticias suyas.

Texto: Vanesa Pomar
Arte: Miguel SP