lunes, 15 de noviembre de 2010

Caga Tió

Dedicado a  los que lo hicisteis posible.




A principios de diciembre, como siempre, mi abuela nos llevaba al terrat de su casa (la azotea). Y allí arriba, señalando los montes que se veían a lo lejos, decía:
- ¿Veis esa lucecita que se mueve despacito?
- ¿Dónde, dónde?- preguntábamos
- Allí - señalaba - esa luz pequeña, allí arriba
- ¡Sí, sí, ya la vemos! -contestábamos las cinco entusiasmadas
- Es el Tió, que ya baja de las montañas. Como es muy mayor va poquito a poco- contaba
- Pero, ¿llegará a tiempo?- preguntábamos llenas de nerviosismo
- ¡Claro que sí!- reía - siempre ha llegado a tiempo.
Y bajábamos de nuevo a su casa. Allí las cinco jugábamos, peleábamos, gritábamos, corríamos.... Y mi abuela nos reñía, nos daba la merienda, nos tiraba una alpargata con puntería prodigiosa, nos contaba historias, nos hacía reír, nos cantaba "Duerme, duerme negrito".
Casi cada día subíamos al terrat a ver la lucecita del Tió. Y cada vez estaba más cerca. Qué dura se hacía la espera.
Un domingo poco antes del 24 de diciembre, a la hora de comer llamaron al timbre. ¿Quién será?. Mi abuelo fue a abrir la puerta.
- ¡Venid, venid!- dijo entusiasmado
Y las cinco nos levantamos de la mesa a toda velocidad.
- ¡El Tió!- gritamos - ¡Ha llegado!
Ahí estaba, en la puerta de la casa de mi abuela.
El Tió era un tronco de madera, de unos 40 centímetros de alto, con patas de hierro. Llevaba una manta para protegerse del frío de las montañas, una barretina o gorra roja de medio lado, por ojos dos chinchetas y una sonrisa afable dibujada en rojo.
- Venga, a la mesa a acabar de comer, dejad que el Tió vaya despacito a su habitación y se eche una siesta- dijo mi abuela.
Y nos sentamos a la mesa eufóricas a hablar de la llegada inesperada del Tió.
Cuando acabamos de comer y fuimos de nuevo a la puerta, el Tió ya no estaba allí.
- ¡Hay que buscarlo!- gritó alguna de las cinco
- ¡Aquí!- gritó otra.
La casa de mi abuela no era muy grande, así que no era muy difícil encontrarlo. Estaba en el pasillo.
- ¡Qué despacito va, pobre!- dijo una
- Sí, es muy mayor- dijo otra
Nos volvimos a despistar y cuando volvimos a darnos cuenta el Tió ya estaba en la habitación.
- ¡Ya ha llegado a la habitación! - gritamos
- Pues dejadle una mandarina para cuando se despierte- dijo mi abuela
Y eso hicimos.
Cuando pensamos que ya había dormido suficiente siesta fuimos a verlo...¡Ah! la mandarina ya no estaba.
Nos miramos anonadadas y fuimos corriendo a contárselo a los padres.
- ¡Se ha comido la mandarina!
- ¡Pues claro!- dijeron - el pobre sólo ha comido avellanas por el camino. Dejadle un trocito de chocolate, a ver si se lo come- añadieron
También se comió el chocolate, se comía todo lo que le dabas, incluso se bebía la leche.
Así pasábamos los días de navidad, las cinco primas juntas en casa de mi abuela mientras los padres trabajaban. Fue entonces cuando nacieron los dos grupos terroristas, uno formado por las dos más mayores y el otro formado las tres más pequeñas. Nos hacíamos grandes perrerías, bueno las que se te ocurren a los siete u ocho años. Incluso llegamos a intercambiar rehenes y todo.
Volvamos a la historia del Tió; los tres o cuatro días que estaba descansando en casa de mi abuela se ponía morado de mandarinas y chocolate. Nos íbamos turnando, entre los dos grupos, para vigilar sus movimientos, pero era un tronco silencioso, o tal vez estábamos demasiado ocupadas secuestrándonos y liberándonos como para ver indicios de algo sospechoso.
Una vez nos dijo mi abuela:
- ¿Os ha cagado algo?
- No- dijimos con los ojos como platos
- ¿No habéis mirado debajo de la manta?- preguntó
Salimos disparadas directas a la habitación en la que descansaba el Tió y levantamos la manta que le protegía del frío…..había caramelos
- ¡Ha cagado caramelos!- gritamos eufóricas
- Eso es porque lo tratáis bien- decía mi abuela.
Llegó la noche del 24 de diciembre y, después de cenar, apareció el Tió en el salón.
Armadas cada una con una vara cantábamos la canción del Tió. Es una cancioncilla que habla de gallinas con zapatos y curas que hacen turrones demasiado salados. La canción iba acompañada de golpes de vara a diestro y siniestro. Normalmente alguna acababa llorando debido a un bastonazo.
La canción acababa con un “¡Caga Tió!” Entonces nos volvíamos complétamente locas y levantábamos la manta que cubría al Tió y allí aparecían los regalos envueltos. Llevaban un papelito con el nombre del afortunado.
El Tió solía cagar tres o cuatro veces durante esa noche. Al final nos íbamos a la cama afónicas, alguna incluso con fiebre por la emoción y felices.
Al día siguiente el Tió desaparecía de la misma manera en que había aparecido.
- ¡Hasta el año que viene Tió! ¡Buen viaje!- decíamos.

La próxima vez que vaya a casa de mi abuela le diré que me acompañe al terrat a ver si encontramos la lucecita del Tió.


Texto: Vanesa Pomar
Arte: MIguel SP
Contacto: vainilla_p@yahoo.es

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